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Cuentos terapéuticos

Porque nunca se sabe (Cuento terapéutico)

By Blog, Cuentos terapéuticos, Talleres

Había una vez un hombre que vivía con su hijo en el campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó.

Un vecino se dió cuenta y corrió a la casa del hombre para avisarle:

-Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre le miró y le dijo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Pasó algún tiempo y el caballo regresó a su redil con diez caballos salvajes más. El vecino, al observar esto, llamó otra vez al hombre y le dijo:

-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar, ¡qué buena suerte has tenido!

El hombre le miró y le dijo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Unos días más tarde, el hijo montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y cayó al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

-¡Qué mala suerte has tenido!, tras el accidente tu hijo no podrá ayudarte, tú eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez le miró y dijo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Pasó el tiempo y estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército empezó a reclutar jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al accidentado se le declaró no apto. Nuevamente el vecino volvió a su casa diciéndole:

-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Una vez más, el hombre le miró y le dijo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Ante la Ley (Cuento terapéutico)

By Blog, Cuentos terapéuticos, Talleres

Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre del campo que pide ser admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. “Es posible”, dice el guardián, “pero no ahora”.

Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: “Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar”

El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y le deja sentarse junto a la puerta. Ahí pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y le interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, va despojándose de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehúsa, pero declara: “Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño”.

Durante todos estos años el hombre no deja de mirarle. Se olvida de los otros y piensa que  aquel guardián es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su perverso destino. Con la vejez, la maldición decae en quejumbre. Al fin se le nublan los ojos y no sabe si estos le engañan o si se ha oscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley.

Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía, los recuerdos forman una sola pregunta que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarle por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. “¿Qué pretendes ahora?”, dice el guardián, “eres insaciable”. “Todos se esfuerzan por la Ley”, murmura el hombre. “¿Será posible que en los años que espero sólo haya querido entrar yo?” El guardián entiende que el hombre se está muriendo y tiene  que gritarle para que pueda oírle: “Nadie ha querido entrar por aquí, porque sólo a ti estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla.”

FRANZ KAFKA: Ein Landarzt (1919)

El mago (Cuento terapéutico)

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Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente Gonsuké, pues él era un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre fue a una agencia de  COLOCACIONES PARA  CUALQUIER TRABAJO, y le dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:

– Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un Mago. ¿Tendría usted la gentileza de buscar  una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?

El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.

– ¿No me oyó usted, señor empleado? —dijo Gonsuké—. Yo deseo ser un  Mago.  ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

– Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de Mago. Si usted fuera a otra agencia, quizá…

Gonsuké se le acercó más y empezó a argüir de esta manera:

– Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente si no lo cumple.

Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:

– Puedo asegurarle, señor forastero, que no hay ningún  engaño. Todo es correcto —se apresuró a alegar el empleado—, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.

Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un Mago. De modo que, al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino, le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

– Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un Mago con rapidez?

Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

– Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos Mago.

– ¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un Mago.

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, le dio las gracias una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:

– ¿Te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado  ni una pizca de tu bendita promesa después muchos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y contestó:

– Mejor no te metas.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con  haori y hakama,  quizá en honor de tan importante ocasión.

El doctor lo miró con curiosidad y luego dijo:

– Me dijeron que usted desea ser un Mago, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.

– Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle —replicó Gonsuké—. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré  el gran castillo, pensé de esta, manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero… justamente lo que sentía en ese instante.

– Entonces —prontamente la astuta mujer se introdujo en la conversación—, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un Mago?

– Sí, señora, con tal de serlo.

– Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

– ¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

– Pero —añadió ella—, durante veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

– Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.

De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.

Pasaron por fin los veinte años  y  Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa. Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.

– Y ahora, señor —prosiguió Gonsuké—. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser  Mago  y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?

–  Y ahora ¿qué hacemos? —suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los Magos? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

–  Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga —concluyó el doctor y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

–  Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un  Mago;  y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

– Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea —contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.

– Bueno —dijo ella—, entonces trepe a ese pino del jardín.

Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años.

Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.

– Más alto —le gritaba ella—, más alto, hasta la cima.

De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.

–  Ahora suelte la mano derecha.

Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

– Suelte también la mano izquierda.

– Ven, ven, mi buena mujer —dijo al fin su marido atisbando las alturas—. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

– En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?

En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké, y su  haori  se divisaron desprendidos de la rama, y luego… y luego… Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del  mediodía, suspendido como una marioneta.

– Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un Mago —dijo Gonsuké desde lo alto.

Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego  comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

RYUNOSUKE AGUTAGAWA (1892-1927), escritor japonés.

Caer y levantarse

By Blog, Cuentos terapéuticos, Talleres

Deseoso de desentrañar los secretos sufíes, un curioso se acerca a un centro de derviches y les pregunta a qué se dedican. Y ellos le contestan: “Aquí nos caemos y nos levantamos, nos volvemos a caer y volvemos a levantarnos, y nos caemos de nuevo y nos levantamos otra vez”

La Contra de La Vanguardia

Historia de los dos que soñaron (Cuento terapéutico)

By Blog, Cuentos terapéuticos, Talleres

Cuentan los hombres dignos de fe que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero, tan magnánimo, que las perdió todas, menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño le dejó rendido debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño a un desconocido que le dijo:

—   Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.

A la mañana siguiente se despertó y emprendió el largo viaje, afrontando los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad le sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa. Y una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:

—   ¿Quién eres y cuál es tu patria?

El hombre declaró:

—   Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.

El juez le preguntó:

—   ¿Qué te trajo a Persia?

El hombre optó por la verdad y le dijo:

—   Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.

El juez echó a reír.

—   Hombre desatinado —le dijo—, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín y en el jardín un reloj de sol, y después del reloj de sol una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.

El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del sueño del juez) desenterró el tesoro.

GUSTAV WEILGeschichte des Abbassidenchalifats in Aegypten

Fábula del hombre y los animales (De la película Apocalypto)

By Blog, Cuentos terapéuticos, Talleres

Un viejo indio narra la siguiente fábula:

“Y el hombre estaba sentado solo, empapado hasta los huesos en tristeza. Y todos los animales se le acercaron y dijeron: “No nos gusta verte tan triste. Pídenos lo que quieras y lo tendrás”. El hombre dijo: “Quiero tener una buena vista”. El buho respondió: “Tendrás la mía”. El hombre dijo: “Quiero ser más fuerte.” El jaguar dijo: “Serás fuerte como yo”. Luego el hombre dijo: “Anhelo saber los secretos de la Tierra”. La serpiente respondió: “Yo te los enseñaré”. Y así fue con todos los animales.

Cuando tuvo todos los dones que podían dar se marchó. Y el búho les dijo a los otros animales: “Ahora el hombre sabe mucho y puede hacer muchas cosas. De pronto siento miedo.” El ciervo dijo: “Ya tiene todo lo que necesita. Ahora su tristeza acabará.” Pero el búho respondió: “No. Vi un agujero en el hombre, profundo como un hambre que jamás saciará. Lo hace triste y hace que siempre quiera más. Seguirá tomando y tomando hasta que un día el mundo dirá: Ya no existo más y no me queda nada que dar”