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Taller de prevención de recaídas: De qué hablamos cuando hablamos de adicción

By Blog, Talleres

En este taller, haremos un recorrido por los elementos que nos permiten saber cuándo lo que era un hábito se ha convertido en una adicción.

Muchos son los matices que configuran una adicción y no solo que se consuma con más o menos frecuencia. Es decir, no es una condición necesaria la de consumir cada día para entender que estamos frente a una adicción.

La mayoría de los adictos no consumen a diario sino que hacen un uso esporádico de la droga, alternando períodos de consumo diario con períodos de abstinencia o de consumo controlado.

Este es un punto muy importante para tener en cuenta: una adicción no se mide por frecuencias de consumo. Caer en esta confusión suele provocar el error de creer que, como uno no consume cada día, entonces lo tiene controlado.

Tampoco es una buena idea apoyarse solamente en el criterio de las cantidades. Una persona puede tomar sólo un poco de cocaína cada fin de semana y, al compararse con otros que toman más, creer que eso entonces está bajo control. Las dosis o cantidades que cada persona consume son singulares, cada uno tiene su medida.

No se trata entonces ni de la frecuencia ni de la cantidad, sino de qué efectos provoca en cada uno, tanto en el momento del consumo como dentro de un plano global de vida.

Para decirlo rápidamente, estamos hablando de adicción si esta práctica está causando problemas pero se sigue haciendo a pesar de las consecuencias.

Otro elemento distintivo es la función que tiene el consumo. Si se consume para “olvidar” una situación o sensación; si se consume para “evitar” pensar en algo que es intolerable. Entonces ya no podemos hablar de simple diversión o pasatiempo.

Cuatro elementos distintivos de la adicción.

Obsesión.

La conducta adictiva generalmente es desgastante y agotadora. Si se es adicto a algo, con frecuencia no se puede dejar de pensar en ello. Cuando se está cerca de volver a consumir, es probable que se experimenten sensaciones de ansiedad y nerviosismo que solo remiten a partir de poder realizar el consumo.

En general, el pensamiento de consumir lo ocupa todo, haciendo uso de una gran parte de energía y dejándolo, literalmente, vacío para otros cosas.

Si se está frente a una adicción, la persona hará todo lo posible por acceder al consumo. Hará y deshará según convenga en relación a conseguir la droga. No hay límites hasta alcanzar ese objetivo.

El impulso que experimenta un adicto funciona como un mandato que no puede postergarse, hay que cumplirlo sí o sí. En caso de verdadera privación, y esto es un signo claro, se experimenta nerviosismo y ansiedad.

Consecuencias negativas.

Lo que convierte un hábito en una adicción es que sus consecuencias se vuelven en contra de uno. Al comienzo, se obtienen ciertos beneficios aparentes, pero luego las consecuencias negativas son evidentes. Sin embargo, la práctica continúa  a pesar de las consecuencias.

A grandes rasgos, podemos ubicar las consecuencias negativas dentro de 6 áreas:

Relaciones: Hemos visto en otros talleres como la consecuencia a largo plazo en la adicción es un marcado aislamiento de los otros y la rotura de los vínculos sociales.

Trabajo: Es frecuente que los problemas en el trabajo surjan más a menudo como consecuencia de la adicción. Ya sea por faltar al trabajo luego de un consumo, asistir al trabajo bajo los efectos de la droga o bien, por bajo desempeño causado por la falta de energía y motivación que provoca la adicción.

Economía: Las drogas no son baratas y junto con el consumo viene asociados otra cierta cantidad de gastos sin control. Sobran testimonios de personas que han gastado fortunas en su consumo.

Salud psíquica: La lista de estados como consecuencia del consumo es larga; nombramos aquí solo algunos: Irritabilidad generalizada, actitudes defensivas, desconfianza, nerviosismo, angustia, ansiedad, pérdida de autoestima, etc.

Conducta: Una persona que está bajo el efecto de las drogas está dispuesta a hacer una cierta cantidad de cosas que de otro modo ni pensaría. El consumo genera situaciones de riesgo, desde conducir ebrio y provocar un accidente, hasta generar peleas violentas. En todas las situaciones, el que consume se expone.

Salud física: El consumo tiene consecuencias físicas, a veces más o menos evidentes. Lo que queda claro es que no es inocuo. El consumo sostenido y a largo plazo puede tener consecuencias irreversibles a nivel orgánico.

Falta de control.

A pesar de las consecuencias negativas que hemos enumerado, si se está dentro de una adicción, por lo general se es incapaz de controlar el consumo. Una vez que se comienza se continúa. A pesar de tener claras las consecuencias y de tener las mejores intenciones, hay algo que es evidente, cuando la adicción está en pleno funcionamiento, un solo consumo desencadena todos los demás.

Hay que tener en cuenta lo siguiente: no es usted quien controla la situación sino más bien lo contrario.

En ocasiones, los adictos logran estar durante ciertos períodos sin consumir. Ya sea para demostrarse a sí mismos que son capaces de ejercer cierto control o para demostrarlo a otros. Sin embargo, si no se enfoca el trabajo en los elementos internos que puedan estar generando esa respuesta, lo más probable es que se vuelva a consumir. Es decir, si estamos de acuerdo en que el consumo viene a cubrir un problema que está por debajo, si no hacemos algo para resolver ese problema, no habremos hecho mucho.

Negación.

A medida que los adictos comienzan a acumular problemas en los distintos ámbitos en los que se mueven, ya sea trabajo, familia, amigos, etc…, como consecuencia de su consumo, generalmente se comienzan a negar dos cosas.

  • Que la droga sea un problema que no puedan controlar.
  • Que los problemas que tienen en sus vidas tengan que ver con el consumo.

Hay varias maneras de expresar la negación. Éstas son algunas de ellas:

Negar terminantemente: “No, yo no tengo ningún problema”.

Minimizar: “No es tan grave”.

Evitar el tema (Ignorarlo, negarse a hablar de ello).

Culpar a otros: “Es normal estar así teniendo un jefe/esposo/novia/madre/etc…así”.

Racionalizar: “Lo mío no es tan grave como lo de tal o cual, si no consumes más de tanto o cuanto…”

La negación pasa completamente desapercibida para el adicto; de algún modo, ha perdido o se han aflojado sus lazos con la realidad. Cuando un adicto decide ir a comprar un poco más o tomar un poco más sabiendo las consecuencias inmediatas que eso tendrá y sin embargo sigue adelante, es evidente que algo no le permite leer las situaciones de manera apropiada. Hay, de algún modo, una fractura con la realidad.

La principal función de la negación es sostener el consumo e impedir que se generen obstáculos para continuar con él. El adicto, a partir de la negación, evita advertir los problemas que le genera el consumo, ya que, si los pudiera ver con claridad, tendría que tomar medidas al respecto. Mientras que la adicción le está generando un sinfín de problemas, el adicto, con la ayuda de su síntoma, que es la negación, logra mantenerse apartado de ese hecho y conservar la ilusión de “que todo está bien y bajo control”.

La negación funciona entonces como una medida de protección frente a la realidad para poder conservar lo que cada uno cree de sí mismo, sea esto lo que sea.


[1] Taller basado en el capitulo 2 del libro Querer no es poder, de Washton y Boundy. Ed. Paidós. Madrid 2011.

He vuelto a quererme, vuelvo a ser yo

By Blog, Testimonios

Hace dos meses y medio, mi vida era un infierno. Estaba viviendo una vida que no era mía. No era yo. Los tóxicos nublaban mis sensaciones y mis sentimientos y no tenía otro pensamiento que el de consumir.

Ahora vuelvo a Ibiza con mis cinco sentidos a flor de piel y mis pensamientos ocupados en ser feliz. Vuelvo a ser aquel niño que disfrutaba con cada pequeña cosa: con un rayo de sol, con la arena, con las risas de mis sobrinos, con el deporte. Vuelvo a ser yo.

Simplemente ha bastado con ordenar mis pensamientos y quererme a mí mismo para volver a tener la ilusión por la vida y por las cosas que todavía me quedan por hacer. Incluso me siento muchísimo más tranquilo y calmado que antes de empezar a consumir. Está claro que no sólo he conseguido dejar la droga sino que también estoy arreglando otros aspectos de mi vida que me hacían daño.

A partir de ahora pienso disfrutar, disfrutar y disfrutar.

Mi primera salida de la clínica

By Blog, Testimonios

El primer día que podía salir después de mi incomunicación, estaba estable de ánimo pero con una extraña sensación de indiferencia. En CITA me sentía protegido, tranquilo, sereno y aislado. ¿Qué me esperaba fuera?, me preguntaba.

Venían mi esposa y nuestro perro a verme; vería a la persona a la que más quería y a aquel que me demostraba más estima y devoción. Debería haberme sentido muy feliz, pero estaba apático de sentimientos, pensamientos y sensaciones.

Entendía que aquella era una situación muy rara, pero no era capaz de sobreponerme a ella. En mi cabeza daban vueltas multitud de cuestiones sin resolver y soluciones sin concretar.

Me alegré mucho al ver a mu mujer, pero no sentía ninguna pasión. ¿Qué me estaba sucediendo? Me sentía como un monstruo.

Fuimos a almorzar a un restaurante y tuve sensaciones extrañas. Una de las razones por las que ingresé en la clínica fue por alcoholismo. Me cuesta escribirlo, más leerlo y mucho más intentar entenderlo, pero ésta es la dura realidad.

El restaurante era una prueba más a pasar. Durante el tiempo que estuvimos en el restaurante, incluso viendo las copas de cerveza, las botellas de vino, los chupitos de alcohol, no las veía; no me proporcionaban interés ni deseo. Pero sí me fijé en la botella de vino que estaba en mi mesa y que yo mismo pedí para mi esposa. Pero no pude evitar, quizás por la larga espera entre platos o más probablemente por mi adicción, servirme en dos ocasiones un dedo de vino, suficiente para mojarme los labios pero insuficiente para disfrutarlo. Sorprendentemente, no me gustó.

Me agobió mucho la gente, el ambiente: mucha gente hablando en voz alta y chiquillos corriendo entre las mesas. Mi esposa me contaba muchas cosas, me enseñaba fotos que me descolocaban, mientras yo perplejo esperaba mi vuelta a mi espacio de paz.

Estaba con la persona a quien más quería y quería irme. Bajamos a un parque para poder liberar al perro e hicimos algo que no habíamos hecho y deberíamos repetir: me senté en un banco y ella se tumbó en él con la cabeza recostada sobre mis piernas, mirándome, mientras el sol daba vida a mis ojos. Ella me miraba con la misma mirada de aquellos años de recién casados, con ternura y amor. Yo la miraba serio y en silencio. Me costaba expresar mi amor y agradecimiento por todo lo que había sufrido por mí y por lo mucho que me había dado. Estaba con la persona que más amaba y no sabía cómo decirle lo mucho que la quería.

Llegó la hora de la despedida. Les dejé y me fui hacia la clínica, andando por el bosque, mirando los árboles, respirando profundamente y pensando en todo lo ocurrido aquel día. Al llegar, tuve la necesidad de hacer ejercicio con una intensidad desmesurada. Después, volví a sentirme liberado, tranquilo, relajado y protegido.

Taller de prevención de recaídas: abstinencia y recaídas.

By Blog, Talleres

Prevención de Recaídas: Abstinencia y Recaída

Dejar de consumir es una gran decisión, difícil de tomar y que implica un cambio profundo en muchos órdenes de la vida. Sin embargo, no es esta etapa la más complicada, sino la siguiente, que es la de sostener esa decisión a través del tiempo.

Sostener la abstinencia está íntimamente ligado con la posibilidad de la recaída. Esta posibilidad, de la que en general se habla poco y en la que muchos pacientes prefieren no pensar, está presente dentro del proceso de recuperación. Obviar su importancia y el papel que juega dentro del recorrido general, promueve el desconocimiento y multiplica las posibilidades de que suceda.

Una de las ideas más importantes que hay que tener en cuenta para prevenir las recaídas es la siguiente: La abstinencia no es sinónimo de recuperación.

Dejar de consumir, como hemos dicho, es un gran paso, pero es solo el primero. Se necesitan más esfuerzos y trabajo para alcanzar la recuperación.

Dejar de consumir abre la posibilidad de comenzar con la tarea más importante, que es la del trabajo personal. Sin esta segunda parte, la abstinencia se sostiene durante un tiempo, pero luego cae.

Si es correcta la hipótesis de que el consumo y el tóxico vienen al lugar de apartarnos de pensamientos, sensaciones o situaciones penosas, entonces solo con quitar del medio el tóxico no resolvemos esas situaciones que se han querido evitar.

Por esto, es muy importante sostener la abstinencia, pero más importante es aún el trabajo personal.

Mitos acerca de las recaídas.

Siguiendo el libro Querer no es poder y el testimonio de ex pacientes, presentamos aquí una serie de creencias falsas que se tienen en relación a las recaídas y  que contribuyen a que sucedan.

  • La recaída es señal del fracaso de la recuperación: tener una recaída no implica que todo lo que se ha hecho no ha servido de nada y que se está irremediablemente condenado a recaer una y otra vez. Esto es falso y en muchas ocasiones funciona sólo como una autorización a desatar el consumo indiscriminado. Para utilizar una metáfora sencilla, si se está aprendiendo a montar en bicicleta, tener una caída no implica que nunca se podrá aprender y montar con habilidad.
  • La recaída es un indicio de una falta de motivación: la tendencia a reincidir es muy común. No podemos olvidar que una adicción es algo difícil de tratar y desarmar. El consumo es algo construido durante mucho tiempo y no puede desmontarse de un día para el otro sin dar pasos atrás en ocasiones.
  • La recaída es impredecible e inevitable, ataca sin previo aviso: las recaídas avisan. Se anuncian en pequeños signos que el paciente puede identificar si es lo suficientemente sincero consigo mismo. Son pequeñas señales que sabe que lo están acercando a un nuevo consumo. Entonces, las recaídas no son impredecibles, se pueden ver venir y de ese modo evitarlas.
  • La recaída solo implica el uso de la droga habitual: esto es falso también. Dejar un tóxico que se utilizaba de manera adictiva y reemplazarlo por otro es recaer del mismo modo.
  • Una recaída cancela todo el progreso realizado: tener una recaída, como hemos dicho, no cancela todo lo hecho hasta el momento. Si se ha estado durante dos años sin recaer, eso no se olvida, como tampoco se olvida que se ha podido identificar el uso y la función del tóxico. Una vez comenzado un tratamiento, ya nada puede ser igual. Estamos advertidos y no podemos alegar desconocimiento frente a las causas y consecuencias del consumo.
  • Si una recaída no es el fin de la recuperación, entonces está bien tener alguna: esta es otra falsa idea para justificar el deseo de volver a consumir. Una recaída es algo muy serio, no es solo un pequeño contratiempo. Una recaída puede ser un momento delicado en donde las cosas se ponen a prueba y del que se puede salir adelante, pero también puede ser todo lo contrario, una recaída puede ser parte de un reinicio del consumo en todo regla.

Reducir la vulnerabilidad a las recaídas.

Varios son los factores que aumentan las posibilidades de una recaída. Aquí puntuamos algunos ejemplos:

  • Ciertos estados físicos: agotamientos, hambre, dolor o enfermedad.
  • Acontecimientos o momentos angustiosos: presiones laborales, problemas de relación, problemas de pareja, crisis económicas.
  • Estados de ánimo: cólera, vergüenza, culpa, ansiedad, depresión, euforia.
  • Personas, lugares y cosas: situaciones en donde el acceso a la droga es sencillo.

Estas son algunas claves para poder fortalecerse frente a una situación de riesgo.

  • No se esconda: afrontar los problemas y resistir la tentación de escapar de ellos.
  • Ponga sus problemas en perspectiva: intentar pensar en las verdaderas consecuencia de un problema puede ayudar a quitarle importancia.
  • Hable al respecto de sus problemas: compartir las inquietudes con las personas de confianza  es una gran herramienta para redefinir las dificultades.
  • Hágase responsable: los problemas pueden ser causados por otras personas, pero si nos afectan directamente, no podremos obviarlos y algo tendremos que hacer. Culpar a los otros no soluciona nada.

Estas claves apuntan todas en una misma dirección, la de la responsabilidad del sujeto frente a sus dificultades.

La única manera de dejar las drogas era arreglar aquello que me conducía a ellas

By Blog, Testimonios

Me llamo Miguel y soy heroinómano… no practicante. Ya llevo veinte años sin tomar drogas y lo he conseguido gracias a mi decisión de no hacerlo. Que lo haya conseguido se lo debo también a las herramientas y a la ayuda que recibí en CITA. Sin embargo, hay más, mucho más. No tomar drogas está bien, pero lo que me enseñaron en CITA ha resultado ser transcendental en mi vida. Cuando estaba allí, no era capaz de verlo, pero, con los años he comprendido que mi vida ha sido intensa, plena y feliz gracias a lo que allí pude aprender.

Los profesionales de la clínica son gente muy lista. Ellos sabían que la única manera de sacarme de las drogas era arreglar aquello que me conducía a ellas. De modo que arreglaron mi interior, me arreglaron la vida. Y éste es un regalo que hoy quiero devolver.

Permitidme pues que os cuente mi experiencia.

A los diecisiete años probé los porros y me parecieron la solución. Solución a mi malestar, solución a mi desasosiego, solución al problema de relación con los demás. El precio que pagué fue tirar mi vida por el retrete. Pasé a estudiar lo justo para evitar que me echaran del colegio. Y así pasé varios años hasta que probé la heroína. Por aprensión, nunca llegué a inyectármela, pero en la heroína encontré refugio, placer y bienestar. Y en la euforia de aquel descubrimiento, se la di a probar a mi hermano Pablo, quien, como yo, se enganchó inmediatamente y por los mismos motivos: una infancia de malos tratos, unos padres ausentes y la facilidad de obtener dinero en casa.

La muerte de mi padre me hizo daño, pero muy poco de aquel dolor pudo aflorar por la anestesia que me procuraban las drogas. Por supuesto, el dolor estaba ahí y saldría en cuanto pudiera volver a recuperar mis sentimientos.

En septiembre de 1989, después de 5 años de consumir drogas y habiendo ya tocado fondo, fuimos a conocer CITA. Yo ingresé aquel mismo día y mi hermano ingresaría poco después. Después de un mes de tratamiento, pedí irme voluntariamente. Echaba de menos colocarme y aún me quedaban algunos barcos por quemar. En febrero del 90, ya había quemado todas las naves y no quedaba otro camino que reingresar, de modo que volví a CITA. Pero volví a meter la pata y me salté algunas normas. Me sancionaron durante un mes y me dijeron que, o me ponía las pilas o me tendrían que echar. Fue en ese momento, no antes ni después, sino justo entonces, cuando tomé la DECISIÓN. Sí, decisión con mayúsculas, pues comprendí que me encontraba ante una bifurcación de caminos. Por un lado, mi vida ya estaba en el retrete, tan sólo había que tirar de la cadena, seguir con la actitud yonki y vivir en la calle o en la cárcel o encontrar la muerte. Del otro lado, había una vida. Y ese fue el camino que escogí. Así de simple, decidí no tomar más heroína, pero también decidí aprovechar el tratamiento, pues ese era el camino.

El camino era una mierda, duro como no os podéis hacer una idea. La base de la estancia en CITA es ponerse en juego, o sea, ser transparente, hacer y decir lo que se siente y se piensa. A cambio de esa apertura, hay dolor, mucho dolor. El dolor de ver tus mierdas, el dolor de enfrentarte a tus miedos, paranoias y tonterías. Luego, las terapias, incluidas las terapias de grupo, donde la ayuda de los compañeros es darte caña en tus errores. La letra con sangre entra, ¿no? Yo en eso fui un privilegiado, ya que contaba con mucha gente para darme caña, mucha, mucha. Estaban aquellos a los que les caía mal por los pasotes que me di al principio. También estaban los amigos de mi hermano que, veteranos ya, tuvieron el buen gesto de ayudarme… dando caña, claro.

Bueno, no quiero hablar mucho de mi tratamiento sino de lo que vino después. Tan sólo señalar que tuve un tratamiento intensivo y muy aprovechado por mi parte. Eso es lo importante. Siempre he considerado que, en mi vida, lo único que terminé, lo único que hice bien, fue mi tratamiento. Para mí, pues, es un orgullo decir que soy heroinómano, pues me resulta sinónimo de triunfador, de combatiente, de victorioso.

Sin embargo es mucho más. Además de la batalla ganada, he pasado por CITA. He pasado por más de diez horas de terapia diaria durante 15 meses. ¿Os lo podéis imaginar? ¡¡Es un lujo!! Es un lujo tener terapia. Todo el mundo la necesita, pocos la tienen, menos aún se paran a mirar en su interior. Vivimos en un mundo acelerado, se vive deprisa y a nadie le gusta sufrir, de modo que las inseguridades, los problemas de personalidad y de relación, quedan enterrados en el día a día.

Es por eso que yo me siento afortunado. Veo que, al conocerme a mí mismo, tengo absoluta facilidad para relacionarme con los demás. Así pues, disfruto con la gente y la gente disfruta conmigo. Estoy tranquilo y sin complejos, me siento feliz de tener sentimientos y sensaciones, puedo mirar en mi interior y disfrutar de lo bueno y de lo malo, sabiendo que soy yo. No hay nada mejor que esto.

Gracias a ese conocimiento, he podido llevar una vida coherente conmigo mismo. No ha sido fácil y he tenido fracasos. He pasado por dos matrimonios y seis empresas, además de cuatro o cinco trabajos por cuenta ajena. Conozco mis debilidades y mis fortalezas. Sé dónde tengo talento y sé cuándo busco refugio. Esto es muy importante, porque no he dejado de ser heroinómano, es decir, de intentar refugiarme frente a la vida.

Y como refugio me han servido el alcohol, los porros, las mujeres, la tele, los videojuegos, un libro, que sé yo. El caso es que no puedo engañarme a mí mismo porque nada de eso me llena. Tan sólo es perder el tiempo, posponer el enfrentarse a la realidad y, la verdad, con los años ya no admito perder tiempo. Vencer nuestros miedos es lo que te hace avanzar y crecer. Reconocer tus sentimientos, estar bien con uno mismo, vivir de acuerdo a como uno es, eso es la libertad.

Aún tengo más cosas que decir. Tienen que ver con la muerte y con el tratamiento. He visto la muerte y la he visto de cerca. Y yo quiero vivir. ¿Y vosotros? ¿Queréis morir? No, ¿verdad? Seguro que queréis disfrutar del amor, de las risas, de la admiración de los demás y de tantas otras cosas, aunque sin olvidar que el desamor, el sufrimiento o el llanto también forman parte de la vida. Todos vosotros habéis elegido vivir y os espera una vida guapísima, seguro. No perdáis esta perspectiva. Por mucho que ahora os sintáis mal, es pasajero.

Ese es mi mensaje: la vida es bella aunque duela. Lo que no te mata te hace más fuerte. El tratamiento os permite dejar la droga, pero también os da alas y muy poca gente las tiene. Por favor, tomadlo en serio, arriesgaos, no temáis al dolor y no os refugiéis. Afrontar las cosas os hace mejores, aunque, por supuesto, las ganas de refugiarse no os abandonarán el resto de vuestra vida. Somos heroinómanos, ¿vale? Y a mucha honra.

Mi experiencia en CITA

By Blog, Testimonios

Llegué un 4 de agosto, destrozada, sin presente y con demasiadas mochilas cargadas a mi espalda. El día que entré en CITA no sentía esperanza, ni fe, ni ganas de vivir, tan sólo un enorme vacío lleno de oscuridad.

Llegué hundida y con el sistema nervioso enervado, convencida de que entraba en una especie de prisión para desechos sociales como yo, desconfiada con el mundo entero y escéptica ante la perspectiva de una recuperación de la adicción que sufría. Nunca mejor dicho: que sufría y que junto a mi sufrían aquellos que me quieren y que me han padecido en mis horas más bajas.

Poco a poco, y gracias a la ayuda de los profesionales que me han atendido (Anaïs, Elisa, Mari Carmen, Cari, Lluís, Juanjo… y todos los demás) he empezado a reencontrarme con la personita que llevo dentro, esa que me hace plantearme la vida con gran ilusión, espontaneidad y ganas de vivir y soñar. Y lo más curioso, sin esa maldita lacra que ha sido mi compañera inseparable en los últimos años y que no me ha dejado descansar ni un instante: mi adicción al alcohol.

En este periodo de tiempo que he estado en tratamiento he sido consciente de como mi alcoholismo iba dejando paso a mis sentimientos, mi intuición y mi yo oculto. Me he dado cuenta, gracias a las terapias y a mi esfuerzo, que la vida no está muerta, que hay un presente que disfrutar, que puede haber un buen futuro para mí y para los que me rodean, que tengo fuerza para hacer frente a las vicisitudes y a los retos.

Por esto y por muchas cosas más, doy gracias a todos los profesionales con los que he tenido la gran suerte de poder desarrollar este trabajo diario que me ha llevado al estado de bienestar y paz en el que me encuentro. Agradezco igualmente su apoyo a todos los compañeros que han compartido este camino conmigo porque me han dado nuevas percepciones y me han ayudado en momentos complicados. Y estoy agradecida también a todos los empleados de CITA por su atención, su cariño y toda la armonía que me han dado. Espero seguir teniendo en el futuro su ayuda, su cariño y su comprensión para poder seguir un camino lleno de esperanza y plenitud.

Muchas gracias a todos por lo que me habéis dado y me seguiréis aportando.

Enamoramiento con el alcohol y el Tranquimazín

By Blog, Testimonios

Mi niñez y mi adolescencia transcurrieron felices. Me divertía con mis amigas y mis amigos. Novios por aquí, novios por allá, lo normal a esas edades. Y así pasaron los años. A los 25 años descubrí que el alcohol servía para otras cosas: más que para divertirme y desinhibirme, servía para hacerme dormir y olvidar, para tapar los problemas.

 A esta edad tuve un novio al que le gustaba mucho la juerga y mis amigas no paraban de llamarme de madrugada, mientras yo dormía confiada, avisándome de que mi novio estaba en una discoteca con amigos. Esto se repitió en varias ocasiones, lo que provocaba en mí un inmenso estado de ansiedad, motivado quizás por el miedo de que mi novio encontrase a otra más guapa, más lista, más inteligente, etc…

El simple hecho de imaginármelo bailando con otra chica ya me alteraba los nervios y no me dejaba dormir. Una noche, ya desesperada por el insomnio que me provocaba aquella situación, probé un trago del coñac que mi padre se echaba en su café. Aquel único trago de coñac me adormecía y me hacía olvidar que él andaba de juerga y, de este modo, podía dormir toda la noche. Al día siguiente, ocurrió lo mismo, y aquello se fue repitiendo durante varios días. Ya al quinto día me tomaba dos tragos, porque un trago ya no me hacía el mismo efecto y no conseguía dormir.

Logré acabar con aquella relación que me estaba haciendo daño con la ayuda de una psiquiatra que me recetó Tranquimazin para calmar mi ansiedad y así poder dormir como lo hacía antes de que todo aquello pasara.

De este modo empezó mi enamoramiento con el alcohol. Transcurrieron los años y, después del trabajo, me tomaba seis cervezas que, mezcladas con el Tranquimazin, eran la bomba para relajarme y hacerme dormir. Así fue como entré en el abismo del alcohol y las benzodiacepinas sin darme cuenta. En aquellos momentos yo no era consciente del problema que en el futuro esto me traería. Para mí, el alcohol no era una droga puesto que todo el mundo lo consumía abiertamente.

 Me casé con 30 años, muy enamorada. Dejé el trabajo para dedicarme a ser ama de casa, pero, a los 3 meses, ya estaba separada. Mi noviazgo sólo había durado unos meses y yo cometí el error de no conocer bien a la persona con quien me  casaba. Pero, estaba tan desesperada por casarme y tener hijos, que no quisimos que aquel noviazgo durara una eternidad. Fue un grave error, ambos éramos bebedores de cerveza y, mientras duró el noviazgo, bebíamos y bebíamos. Ahora estoy segura de que aquellas cervezas no me dejaban ver con quién me iba a casar.

En un intento de reconciliación con mi ex, quedé embarazada, siendo ambos muy conscientes de ello. Anhelábamos tener una hija con pecas y pelirroja. Pero yo estaba en tratamiento por mis crónicas depresiones y tomaba pastillas para dormir y mi ginecólogo de advirtió de que no tomara la medicación si quería que mi bebé naciese sano.

Al dejarlo todo, sufrí un síndrome de abstinencia terrible. Empecé a no dormir y me convertí en un zombi tembloroso y sin capacidad para expresarme. Por las noches caminaba por el pasillo de mi apartamento, arriba y abajo miles de veces. para calmar aquel estado. Mi ex se ponía muy nervioso y me repetía una y otra vez: “Vamos a abortar, hoy abortamos, de hoy ya no pasa, ya tendremos otro hijo”. Acabé ingresando en una clínica de desintoxicación. Dejé el alcohol y las benzodiacepinas. He de reconocer que me costó muchísimo más dejar las benzodiacepinas que el alcohol. Al mes de estar ingresada ya había roto con mi ex por su constante maltrato psicológico. Salí de la clínica y mi embarazo transcurrió tranquilamente.

Mi hija nació en 2004. Fue un bebé sano y precioso. Los primeros años de mi hija yo no consumía alcohol, ya que tenía una responsabilidad muy grande. Cuando ella tuvo 2 años y medio, entró en la guardería y yo empecé a trabajar de nuevo. Pero la tienda quebró y yo me quedé sin hacer nada. Fue entonces cuando el aburrimiento me empujó de nuevo a consumir alcohol. Primero era una jarra de cerveza, después fueron cuatro jarras. Llegaba a casa y dormía plácidamente hasta las cuatro de la tarde, que era cuando tenía que ir a recoger a mi hija al colegio. Por aquel entonces, mi hija no se daba cuenta de mi consumo, era muy pequeña y veía aquello como algo normal. Pero, al cabo de un tiempo, mi hija empezó a darse cuenta de que cuando mamá bebía vino se atontaba, andaba mal y hablaba raro. Esto lo sufrió mi pobre hija con sólo 5 o 6 años. Por supuesto, mis padres también se daban cuenta. Disgusto tras disgusto, mis padres no paraban de decirme y repetirme que no bebiese. Llegaba a caerme inconsciente al suelo a causa de las intoxicaciones etílicas. Entonces mi hija pensaba que mamá se moría.

Yo continuaba bebiendo, unas veces más que otras, pero lo cierto es que abría el bar, empezaba con cervezas y, cuando mi hija me veía beber no quería estar conmigo porque se sentía insegura. Aquello hizo que yo intentara por mi cuenta dejar de beber, lográndolo durante un mes. Pero, pasados estos días, empecé de nuevo.

Conocí a un chico, mi actual pareja, y le confesé toda la verdad. Él luchó junto a mí. Él ni bebía ni fumaba e intentó ayudarme pero no pudo conseguir que parara. Para entonces, ni seis cervezas ni una botella de vino conseguían adormecerme. Fue cuando me pasé al gintonic. Lo escondía en casa y me lo tomaba por las noches cuando mi hija ya dormía para que no notase mi aliento. Me tomaba una botella de ginebra yo sola, me caía, no lograba subirme a la cama, me lesioné rompiéndome la nariz. Por las mañanas amanecía lesionada y ensangrentada.

Y así, disgusto tras disgusto, un viernes 25 de febrero, impotente ante mi situación y viendo que mi hija se alejaba de mí, me metí en internet y encontré la web de CITA, en Barcelona. Llamé y me contestó Gonzalo, tan cariñoso que me tranquilizó. Les dije que llegaba el lunes siguiente. Mi decisión fue muy impulsiva y mis padres no se quedaron tranquilos, ya que no teníamos referencias del centro. Pero yo me empeñé.

Cuando llegué al centro, mis actuales compañeros me recibieron muy bien. El sitio era acogedor. Por fin encontraba un lugar donde había gente como yo, adicta a las drogas, compañeros que me comprendían y no me criticaban. Me recibió Fernando, mi socioterapeuta. Y por la tarde ya estaba en mi primera terapia de grupo. Allí escuché el problema de cada uno y me presenté. Ahora llevo dos semanas en Cita Clínica y ya me ha cambiado la cara. Mi sonrisa, mi mirada y mi estado de ánimo han vuelto a ser lo que eran cuando no consumía..

Fue la decisión más impulsiva y más correcta que he tomado. Estoy aún aterrizando, pero ya empiezo a descubrir o por lo menos a plasmar sobre el papel mis problemas y mis emociones y las situaciones que me llevan al consumo. Tengo miedo, mucho miedo, quiero que éste sea el último ingreso. Pero el miedo, según los profesionales, es normal y sano, ya que va a ser el que me mantenga alerta fuera de aquí. Ahora me afano por conocerme a mí misma, cosa difícil. Y para ello dispongo de tres profesionales (psiquiatra, psicólogo y socioterapeuta. Nunca estoy sola, salvo que yo lo decida, y siempre hay alguien que te escucha, bien sean compañeros o profesionales. Lo que peor llevo es la incomunicación, pero ya mañana me dan mi móvil y el próximo fin de semana espero que me dejen ir a Barcelona. No me siento presa ni con la sensación de que éste no es mi sitio, sino todo lo contrario. Aquí me esperan tres meses más o menos, pero no estoy agobiada puesto que mi estancia se está haciendo hasta divertida. Debo trabajar cada día en mí misma hasta ver claro las situaciones que me empujan al consumo. Me quitaron las benzodiacepinas y ya duermo bien mis 4 o 5 horas  Estoy contenta y éste es mi lugar por el momento.

El presente es la clave

By Blog, Testimonios

Hace una semana que ingrese en CITA, y la verdad es que aún ando un tanto confuso. Atravieso un cocktail de emociones, subidones y bajones. A momentos me encuentro fuerte, confiado, y seguro. Pero también tengo momentos en los que me aterroriza pensar que puedo perder todo lo que tengo por culpa de las drogas.

Supongo que eso es bueno. Le he visto los dientes al lobo. He aceptado mi problema. He asumido que necesito ayuda para solucionarlo. Y ahora estoy en manos de los terapeutas. Cada día intento ser más y más receptivo, y escucho los consejos y pautas de trabajo con disciplina de boina verde.

He notado un cambio positivo, al menos a nivel teórico. Ahora comprendo que hay que enfrentarse a las frustraciones, mirarlas de cara y trabajarlas en el momento en que se presentan ante mí. Soy consciente de que la clave es vivir el presente. El pasado ya fue y el futuro será lo que tenga que ser cuando sea presente. El presente es la clave.

Tengo que reconocer que era muy escéptico hacia todo lo relacionado con la psicología y las terapias de grupo. Al mismo tiempo, me considero un fanático de la razón. Pero he de reconocer que esto funciona, que funciona de verdad. Sólo espero saber poner toda esa maravillosa teoría en práctica y adoptarla como una doctrina que se manifieste de manera natural.

Echo en falta a mi mujer, muchísimo. Pero soy fuerte porque sé que ésta, es la única manera, el único camino para volver a ser feliz a su lado. Para hacerla feliz. Para que yo sea feliz.

Sólo queda tener esperanza, seguir trabajando, ser constante y no perder de vista el pasado. Si recordamos de donde venimos, podremos evitar volver a ese triste lugar de nuevo.

Mi adicción había sepultado mi futuro

By Blog, Testimonios

Estoy todavía en tratamiento pero los resultados, en los pocos días que llevo, me dan esperanza y han conseguido subir mi autoestima.

Abordar mis adicciones en un entorno tan favorable me ha permitido decirme a mí mismo: ”Creo en mí, y, con el trabajo diario, conseguiré vencer mis problemas y adicciones”. Este es el resultado de vivir en una comunidad terapéutica. CITA y los profesionales que aquí trabajan, a través de una labor constante (talleres y sesiones individuales), han conseguido que conciba un futuro lejos de la adicción a las substancias. Hemos abordado mi enfermedad, mis miedos y los problemas psicológicos que motivaron mi adicción. Si estás decidido a luchar y a superar esta enfermedad, la comunidad terapéutica es el escenario idóneo para conseguirlo.

Ahora estoy estructurando mi vida y trabajando para poder crear unos buenos cimientos donde se apoye un proyecto de futuro, largo tiempo deseado, basado en la autoestima. La principal herramienta de trabajo es la aceptación de la enfermedad y las ganas de salir de este laberinto de penumbras. Este hecho, y la vida en comunidad, me han enseñado a vivir sin la dependencia a una substancia y a volver a creer en mi fortaleza. Mi adicción había sepultado mi futuro y mi vida bajo un montón de mentiras y contradicciones. Vuelvo a creer en mí y a ver la luz al final del túnel. Conseguiremos vencer mis adicciones y miedos y mi vida volverá a tener un sentido. Gracias CITA Rural.