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Taller de prevención de recaídas: abstinencia y recaídas.

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Prevención de Recaídas: Abstinencia y Recaída

Dejar de consumir es una gran decisión, difícil de tomar y que implica un cambio profundo en muchos órdenes de la vida. Sin embargo, no es esta etapa la más complicada, sino la siguiente, que es la de sostener esa decisión a través del tiempo.

Sostener la abstinencia está íntimamente ligado con la posibilidad de la recaída. Esta posibilidad, de la que en general se habla poco y en la que muchos pacientes prefieren no pensar, está presente dentro del proceso de recuperación. Obviar su importancia y el papel que juega dentro del recorrido general, promueve el desconocimiento y multiplica las posibilidades de que suceda.

Una de las ideas más importantes que hay que tener en cuenta para prevenir las recaídas es la siguiente: La abstinencia no es sinónimo de recuperación.

Dejar de consumir, como hemos dicho, es un gran paso, pero es solo el primero. Se necesitan más esfuerzos y trabajo para alcanzar la recuperación.

Dejar de consumir abre la posibilidad de comenzar con la tarea más importante, que es la del trabajo personal. Sin esta segunda parte, la abstinencia se sostiene durante un tiempo, pero luego cae.

Si es correcta la hipótesis de que el consumo y el tóxico vienen al lugar de apartarnos de pensamientos, sensaciones o situaciones penosas, entonces solo con quitar del medio el tóxico no resolvemos esas situaciones que se han querido evitar.

Por esto, es muy importante sostener la abstinencia, pero más importante es aún el trabajo personal.

Mitos acerca de las recaídas.

Siguiendo el libro Querer no es poder y el testimonio de ex pacientes, presentamos aquí una serie de creencias falsas que se tienen en relación a las recaídas y  que contribuyen a que sucedan.

  • La recaída es señal del fracaso de la recuperación: tener una recaída no implica que todo lo que se ha hecho no ha servido de nada y que se está irremediablemente condenado a recaer una y otra vez. Esto es falso y en muchas ocasiones funciona sólo como una autorización a desatar el consumo indiscriminado. Para utilizar una metáfora sencilla, si se está aprendiendo a montar en bicicleta, tener una caída no implica que nunca se podrá aprender y montar con habilidad.
  • La recaída es un indicio de una falta de motivación: la tendencia a reincidir es muy común. No podemos olvidar que una adicción es algo difícil de tratar y desarmar. El consumo es algo construido durante mucho tiempo y no puede desmontarse de un día para el otro sin dar pasos atrás en ocasiones.
  • La recaída es impredecible e inevitable, ataca sin previo aviso: las recaídas avisan. Se anuncian en pequeños signos que el paciente puede identificar si es lo suficientemente sincero consigo mismo. Son pequeñas señales que sabe que lo están acercando a un nuevo consumo. Entonces, las recaídas no son impredecibles, se pueden ver venir y de ese modo evitarlas.
  • La recaída solo implica el uso de la droga habitual: esto es falso también. Dejar un tóxico que se utilizaba de manera adictiva y reemplazarlo por otro es recaer del mismo modo.
  • Una recaída cancela todo el progreso realizado: tener una recaída, como hemos dicho, no cancela todo lo hecho hasta el momento. Si se ha estado durante dos años sin recaer, eso no se olvida, como tampoco se olvida que se ha podido identificar el uso y la función del tóxico. Una vez comenzado un tratamiento, ya nada puede ser igual. Estamos advertidos y no podemos alegar desconocimiento frente a las causas y consecuencias del consumo.
  • Si una recaída no es el fin de la recuperación, entonces está bien tener alguna: esta es otra falsa idea para justificar el deseo de volver a consumir. Una recaída es algo muy serio, no es solo un pequeño contratiempo. Una recaída puede ser un momento delicado en donde las cosas se ponen a prueba y del que se puede salir adelante, pero también puede ser todo lo contrario, una recaída puede ser parte de un reinicio del consumo en todo regla.

Reducir la vulnerabilidad a las recaídas.

Varios son los factores que aumentan las posibilidades de una recaída. Aquí puntuamos algunos ejemplos:

  • Ciertos estados físicos: agotamientos, hambre, dolor o enfermedad.
  • Acontecimientos o momentos angustiosos: presiones laborales, problemas de relación, problemas de pareja, crisis económicas.
  • Estados de ánimo: cólera, vergüenza, culpa, ansiedad, depresión, euforia.
  • Personas, lugares y cosas: situaciones en donde el acceso a la droga es sencillo.

Estas son algunas claves para poder fortalecerse frente a una situación de riesgo.

  • No se esconda: afrontar los problemas y resistir la tentación de escapar de ellos.
  • Ponga sus problemas en perspectiva: intentar pensar en las verdaderas consecuencia de un problema puede ayudar a quitarle importancia.
  • Hable al respecto de sus problemas: compartir las inquietudes con las personas de confianza  es una gran herramienta para redefinir las dificultades.
  • Hágase responsable: los problemas pueden ser causados por otras personas, pero si nos afectan directamente, no podremos obviarlos y algo tendremos que hacer. Culpar a los otros no soluciona nada.

Estas claves apuntan todas en una misma dirección, la de la responsabilidad del sujeto frente a sus dificultades.

La única manera de dejar las drogas era arreglar aquello que me conducía a ellas

By Blog, Testimonios

Me llamo Miguel y soy heroinómano… no practicante. Ya llevo veinte años sin tomar drogas y lo he conseguido gracias a mi decisión de no hacerlo. Que lo haya conseguido se lo debo también a las herramientas y a la ayuda que recibí en CITA. Sin embargo, hay más, mucho más. No tomar drogas está bien, pero lo que me enseñaron en CITA ha resultado ser transcendental en mi vida. Cuando estaba allí, no era capaz de verlo, pero, con los años he comprendido que mi vida ha sido intensa, plena y feliz gracias a lo que allí pude aprender.

Los profesionales de la clínica son gente muy lista. Ellos sabían que la única manera de sacarme de las drogas era arreglar aquello que me conducía a ellas. De modo que arreglaron mi interior, me arreglaron la vida. Y éste es un regalo que hoy quiero devolver.

Permitidme pues que os cuente mi experiencia.

A los diecisiete años probé los porros y me parecieron la solución. Solución a mi malestar, solución a mi desasosiego, solución al problema de relación con los demás. El precio que pagué fue tirar mi vida por el retrete. Pasé a estudiar lo justo para evitar que me echaran del colegio. Y así pasé varios años hasta que probé la heroína. Por aprensión, nunca llegué a inyectármela, pero en la heroína encontré refugio, placer y bienestar. Y en la euforia de aquel descubrimiento, se la di a probar a mi hermano Pablo, quien, como yo, se enganchó inmediatamente y por los mismos motivos: una infancia de malos tratos, unos padres ausentes y la facilidad de obtener dinero en casa.

La muerte de mi padre me hizo daño, pero muy poco de aquel dolor pudo aflorar por la anestesia que me procuraban las drogas. Por supuesto, el dolor estaba ahí y saldría en cuanto pudiera volver a recuperar mis sentimientos.

En septiembre de 1989, después de 5 años de consumir drogas y habiendo ya tocado fondo, fuimos a conocer CITA. Yo ingresé aquel mismo día y mi hermano ingresaría poco después. Después de un mes de tratamiento, pedí irme voluntariamente. Echaba de menos colocarme y aún me quedaban algunos barcos por quemar. En febrero del 90, ya había quemado todas las naves y no quedaba otro camino que reingresar, de modo que volví a CITA. Pero volví a meter la pata y me salté algunas normas. Me sancionaron durante un mes y me dijeron que, o me ponía las pilas o me tendrían que echar. Fue en ese momento, no antes ni después, sino justo entonces, cuando tomé la DECISIÓN. Sí, decisión con mayúsculas, pues comprendí que me encontraba ante una bifurcación de caminos. Por un lado, mi vida ya estaba en el retrete, tan sólo había que tirar de la cadena, seguir con la actitud yonki y vivir en la calle o en la cárcel o encontrar la muerte. Del otro lado, había una vida. Y ese fue el camino que escogí. Así de simple, decidí no tomar más heroína, pero también decidí aprovechar el tratamiento, pues ese era el camino.

El camino era una mierda, duro como no os podéis hacer una idea. La base de la estancia en CITA es ponerse en juego, o sea, ser transparente, hacer y decir lo que se siente y se piensa. A cambio de esa apertura, hay dolor, mucho dolor. El dolor de ver tus mierdas, el dolor de enfrentarte a tus miedos, paranoias y tonterías. Luego, las terapias, incluidas las terapias de grupo, donde la ayuda de los compañeros es darte caña en tus errores. La letra con sangre entra, ¿no? Yo en eso fui un privilegiado, ya que contaba con mucha gente para darme caña, mucha, mucha. Estaban aquellos a los que les caía mal por los pasotes que me di al principio. También estaban los amigos de mi hermano que, veteranos ya, tuvieron el buen gesto de ayudarme… dando caña, claro.

Bueno, no quiero hablar mucho de mi tratamiento sino de lo que vino después. Tan sólo señalar que tuve un tratamiento intensivo y muy aprovechado por mi parte. Eso es lo importante. Siempre he considerado que, en mi vida, lo único que terminé, lo único que hice bien, fue mi tratamiento. Para mí, pues, es un orgullo decir que soy heroinómano, pues me resulta sinónimo de triunfador, de combatiente, de victorioso.

Sin embargo es mucho más. Además de la batalla ganada, he pasado por CITA. He pasado por más de diez horas de terapia diaria durante 15 meses. ¿Os lo podéis imaginar? ¡¡Es un lujo!! Es un lujo tener terapia. Todo el mundo la necesita, pocos la tienen, menos aún se paran a mirar en su interior. Vivimos en un mundo acelerado, se vive deprisa y a nadie le gusta sufrir, de modo que las inseguridades, los problemas de personalidad y de relación, quedan enterrados en el día a día.

Es por eso que yo me siento afortunado. Veo que, al conocerme a mí mismo, tengo absoluta facilidad para relacionarme con los demás. Así pues, disfruto con la gente y la gente disfruta conmigo. Estoy tranquilo y sin complejos, me siento feliz de tener sentimientos y sensaciones, puedo mirar en mi interior y disfrutar de lo bueno y de lo malo, sabiendo que soy yo. No hay nada mejor que esto.

Gracias a ese conocimiento, he podido llevar una vida coherente conmigo mismo. No ha sido fácil y he tenido fracasos. He pasado por dos matrimonios y seis empresas, además de cuatro o cinco trabajos por cuenta ajena. Conozco mis debilidades y mis fortalezas. Sé dónde tengo talento y sé cuándo busco refugio. Esto es muy importante, porque no he dejado de ser heroinómano, es decir, de intentar refugiarme frente a la vida.

Y como refugio me han servido el alcohol, los porros, las mujeres, la tele, los videojuegos, un libro, que sé yo. El caso es que no puedo engañarme a mí mismo porque nada de eso me llena. Tan sólo es perder el tiempo, posponer el enfrentarse a la realidad y, la verdad, con los años ya no admito perder tiempo. Vencer nuestros miedos es lo que te hace avanzar y crecer. Reconocer tus sentimientos, estar bien con uno mismo, vivir de acuerdo a como uno es, eso es la libertad.

Aún tengo más cosas que decir. Tienen que ver con la muerte y con el tratamiento. He visto la muerte y la he visto de cerca. Y yo quiero vivir. ¿Y vosotros? ¿Queréis morir? No, ¿verdad? Seguro que queréis disfrutar del amor, de las risas, de la admiración de los demás y de tantas otras cosas, aunque sin olvidar que el desamor, el sufrimiento o el llanto también forman parte de la vida. Todos vosotros habéis elegido vivir y os espera una vida guapísima, seguro. No perdáis esta perspectiva. Por mucho que ahora os sintáis mal, es pasajero.

Ese es mi mensaje: la vida es bella aunque duela. Lo que no te mata te hace más fuerte. El tratamiento os permite dejar la droga, pero también os da alas y muy poca gente las tiene. Por favor, tomadlo en serio, arriesgaos, no temáis al dolor y no os refugiéis. Afrontar las cosas os hace mejores, aunque, por supuesto, las ganas de refugiarse no os abandonarán el resto de vuestra vida. Somos heroinómanos, ¿vale? Y a mucha honra.

Mi experiencia en CITA

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Llegué un 4 de agosto, destrozada, sin presente y con demasiadas mochilas cargadas a mi espalda. El día que entré en CITA no sentía esperanza, ni fe, ni ganas de vivir, tan sólo un enorme vacío lleno de oscuridad.

Llegué hundida y con el sistema nervioso enervado, convencida de que entraba en una especie de prisión para desechos sociales como yo, desconfiada con el mundo entero y escéptica ante la perspectiva de una recuperación de la adicción que sufría. Nunca mejor dicho: que sufría y que junto a mi sufrían aquellos que me quieren y que me han padecido en mis horas más bajas.

Poco a poco, y gracias a la ayuda de los profesionales que me han atendido (Anaïs, Elisa, Mari Carmen, Cari, Lluís, Juanjo… y todos los demás) he empezado a reencontrarme con la personita que llevo dentro, esa que me hace plantearme la vida con gran ilusión, espontaneidad y ganas de vivir y soñar. Y lo más curioso, sin esa maldita lacra que ha sido mi compañera inseparable en los últimos años y que no me ha dejado descansar ni un instante: mi adicción al alcohol.

En este periodo de tiempo que he estado en tratamiento he sido consciente de como mi alcoholismo iba dejando paso a mis sentimientos, mi intuición y mi yo oculto. Me he dado cuenta, gracias a las terapias y a mi esfuerzo, que la vida no está muerta, que hay un presente que disfrutar, que puede haber un buen futuro para mí y para los que me rodean, que tengo fuerza para hacer frente a las vicisitudes y a los retos.

Por esto y por muchas cosas más, doy gracias a todos los profesionales con los que he tenido la gran suerte de poder desarrollar este trabajo diario que me ha llevado al estado de bienestar y paz en el que me encuentro. Agradezco igualmente su apoyo a todos los compañeros que han compartido este camino conmigo porque me han dado nuevas percepciones y me han ayudado en momentos complicados. Y estoy agradecida también a todos los empleados de CITA por su atención, su cariño y toda la armonía que me han dado. Espero seguir teniendo en el futuro su ayuda, su cariño y su comprensión para poder seguir un camino lleno de esperanza y plenitud.

Muchas gracias a todos por lo que me habéis dado y me seguiréis aportando.

Enamoramiento con el alcohol y el Tranquimazín

By Blog, Testimonios

Mi niñez y mi adolescencia transcurrieron felices. Me divertía con mis amigas y mis amigos. Novios por aquí, novios por allá, lo normal a esas edades. Y así pasaron los años. A los 25 años descubrí que el alcohol servía para otras cosas: más que para divertirme y desinhibirme, servía para hacerme dormir y olvidar, para tapar los problemas.

 A esta edad tuve un novio al que le gustaba mucho la juerga y mis amigas no paraban de llamarme de madrugada, mientras yo dormía confiada, avisándome de que mi novio estaba en una discoteca con amigos. Esto se repitió en varias ocasiones, lo que provocaba en mí un inmenso estado de ansiedad, motivado quizás por el miedo de que mi novio encontrase a otra más guapa, más lista, más inteligente, etc…

El simple hecho de imaginármelo bailando con otra chica ya me alteraba los nervios y no me dejaba dormir. Una noche, ya desesperada por el insomnio que me provocaba aquella situación, probé un trago del coñac que mi padre se echaba en su café. Aquel único trago de coñac me adormecía y me hacía olvidar que él andaba de juerga y, de este modo, podía dormir toda la noche. Al día siguiente, ocurrió lo mismo, y aquello se fue repitiendo durante varios días. Ya al quinto día me tomaba dos tragos, porque un trago ya no me hacía el mismo efecto y no conseguía dormir.

Logré acabar con aquella relación que me estaba haciendo daño con la ayuda de una psiquiatra que me recetó Tranquimazin para calmar mi ansiedad y así poder dormir como lo hacía antes de que todo aquello pasara.

De este modo empezó mi enamoramiento con el alcohol. Transcurrieron los años y, después del trabajo, me tomaba seis cervezas que, mezcladas con el Tranquimazin, eran la bomba para relajarme y hacerme dormir. Así fue como entré en el abismo del alcohol y las benzodiacepinas sin darme cuenta. En aquellos momentos yo no era consciente del problema que en el futuro esto me traería. Para mí, el alcohol no era una droga puesto que todo el mundo lo consumía abiertamente.

 Me casé con 30 años, muy enamorada. Dejé el trabajo para dedicarme a ser ama de casa, pero, a los 3 meses, ya estaba separada. Mi noviazgo sólo había durado unos meses y yo cometí el error de no conocer bien a la persona con quien me  casaba. Pero, estaba tan desesperada por casarme y tener hijos, que no quisimos que aquel noviazgo durara una eternidad. Fue un grave error, ambos éramos bebedores de cerveza y, mientras duró el noviazgo, bebíamos y bebíamos. Ahora estoy segura de que aquellas cervezas no me dejaban ver con quién me iba a casar.

En un intento de reconciliación con mi ex, quedé embarazada, siendo ambos muy conscientes de ello. Anhelábamos tener una hija con pecas y pelirroja. Pero yo estaba en tratamiento por mis crónicas depresiones y tomaba pastillas para dormir y mi ginecólogo de advirtió de que no tomara la medicación si quería que mi bebé naciese sano.

Al dejarlo todo, sufrí un síndrome de abstinencia terrible. Empecé a no dormir y me convertí en un zombi tembloroso y sin capacidad para expresarme. Por las noches caminaba por el pasillo de mi apartamento, arriba y abajo miles de veces. para calmar aquel estado. Mi ex se ponía muy nervioso y me repetía una y otra vez: “Vamos a abortar, hoy abortamos, de hoy ya no pasa, ya tendremos otro hijo”. Acabé ingresando en una clínica de desintoxicación. Dejé el alcohol y las benzodiacepinas. He de reconocer que me costó muchísimo más dejar las benzodiacepinas que el alcohol. Al mes de estar ingresada ya había roto con mi ex por su constante maltrato psicológico. Salí de la clínica y mi embarazo transcurrió tranquilamente.

Mi hija nació en 2004. Fue un bebé sano y precioso. Los primeros años de mi hija yo no consumía alcohol, ya que tenía una responsabilidad muy grande. Cuando ella tuvo 2 años y medio, entró en la guardería y yo empecé a trabajar de nuevo. Pero la tienda quebró y yo me quedé sin hacer nada. Fue entonces cuando el aburrimiento me empujó de nuevo a consumir alcohol. Primero era una jarra de cerveza, después fueron cuatro jarras. Llegaba a casa y dormía plácidamente hasta las cuatro de la tarde, que era cuando tenía que ir a recoger a mi hija al colegio. Por aquel entonces, mi hija no se daba cuenta de mi consumo, era muy pequeña y veía aquello como algo normal. Pero, al cabo de un tiempo, mi hija empezó a darse cuenta de que cuando mamá bebía vino se atontaba, andaba mal y hablaba raro. Esto lo sufrió mi pobre hija con sólo 5 o 6 años. Por supuesto, mis padres también se daban cuenta. Disgusto tras disgusto, mis padres no paraban de decirme y repetirme que no bebiese. Llegaba a caerme inconsciente al suelo a causa de las intoxicaciones etílicas. Entonces mi hija pensaba que mamá se moría.

Yo continuaba bebiendo, unas veces más que otras, pero lo cierto es que abría el bar, empezaba con cervezas y, cuando mi hija me veía beber no quería estar conmigo porque se sentía insegura. Aquello hizo que yo intentara por mi cuenta dejar de beber, lográndolo durante un mes. Pero, pasados estos días, empecé de nuevo.

Conocí a un chico, mi actual pareja, y le confesé toda la verdad. Él luchó junto a mí. Él ni bebía ni fumaba e intentó ayudarme pero no pudo conseguir que parara. Para entonces, ni seis cervezas ni una botella de vino conseguían adormecerme. Fue cuando me pasé al gintonic. Lo escondía en casa y me lo tomaba por las noches cuando mi hija ya dormía para que no notase mi aliento. Me tomaba una botella de ginebra yo sola, me caía, no lograba subirme a la cama, me lesioné rompiéndome la nariz. Por las mañanas amanecía lesionada y ensangrentada.

Y así, disgusto tras disgusto, un viernes 25 de febrero, impotente ante mi situación y viendo que mi hija se alejaba de mí, me metí en internet y encontré la web de CITA, en Barcelona. Llamé y me contestó Gonzalo, tan cariñoso que me tranquilizó. Les dije que llegaba el lunes siguiente. Mi decisión fue muy impulsiva y mis padres no se quedaron tranquilos, ya que no teníamos referencias del centro. Pero yo me empeñé.

Cuando llegué al centro, mis actuales compañeros me recibieron muy bien. El sitio era acogedor. Por fin encontraba un lugar donde había gente como yo, adicta a las drogas, compañeros que me comprendían y no me criticaban. Me recibió Fernando, mi socioterapeuta. Y por la tarde ya estaba en mi primera terapia de grupo. Allí escuché el problema de cada uno y me presenté. Ahora llevo dos semanas en Cita Clínica y ya me ha cambiado la cara. Mi sonrisa, mi mirada y mi estado de ánimo han vuelto a ser lo que eran cuando no consumía..

Fue la decisión más impulsiva y más correcta que he tomado. Estoy aún aterrizando, pero ya empiezo a descubrir o por lo menos a plasmar sobre el papel mis problemas y mis emociones y las situaciones que me llevan al consumo. Tengo miedo, mucho miedo, quiero que éste sea el último ingreso. Pero el miedo, según los profesionales, es normal y sano, ya que va a ser el que me mantenga alerta fuera de aquí. Ahora me afano por conocerme a mí misma, cosa difícil. Y para ello dispongo de tres profesionales (psiquiatra, psicólogo y socioterapeuta. Nunca estoy sola, salvo que yo lo decida, y siempre hay alguien que te escucha, bien sean compañeros o profesionales. Lo que peor llevo es la incomunicación, pero ya mañana me dan mi móvil y el próximo fin de semana espero que me dejen ir a Barcelona. No me siento presa ni con la sensación de que éste no es mi sitio, sino todo lo contrario. Aquí me esperan tres meses más o menos, pero no estoy agobiada puesto que mi estancia se está haciendo hasta divertida. Debo trabajar cada día en mí misma hasta ver claro las situaciones que me empujan al consumo. Me quitaron las benzodiacepinas y ya duermo bien mis 4 o 5 horas  Estoy contenta y éste es mi lugar por el momento.

El presente es la clave

By Blog, Testimonios

Hace una semana que ingrese en CITA, y la verdad es que aún ando un tanto confuso. Atravieso un cocktail de emociones, subidones y bajones. A momentos me encuentro fuerte, confiado, y seguro. Pero también tengo momentos en los que me aterroriza pensar que puedo perder todo lo que tengo por culpa de las drogas.

Supongo que eso es bueno. Le he visto los dientes al lobo. He aceptado mi problema. He asumido que necesito ayuda para solucionarlo. Y ahora estoy en manos de los terapeutas. Cada día intento ser más y más receptivo, y escucho los consejos y pautas de trabajo con disciplina de boina verde.

He notado un cambio positivo, al menos a nivel teórico. Ahora comprendo que hay que enfrentarse a las frustraciones, mirarlas de cara y trabajarlas en el momento en que se presentan ante mí. Soy consciente de que la clave es vivir el presente. El pasado ya fue y el futuro será lo que tenga que ser cuando sea presente. El presente es la clave.

Tengo que reconocer que era muy escéptico hacia todo lo relacionado con la psicología y las terapias de grupo. Al mismo tiempo, me considero un fanático de la razón. Pero he de reconocer que esto funciona, que funciona de verdad. Sólo espero saber poner toda esa maravillosa teoría en práctica y adoptarla como una doctrina que se manifieste de manera natural.

Echo en falta a mi mujer, muchísimo. Pero soy fuerte porque sé que ésta, es la única manera, el único camino para volver a ser feliz a su lado. Para hacerla feliz. Para que yo sea feliz.

Sólo queda tener esperanza, seguir trabajando, ser constante y no perder de vista el pasado. Si recordamos de donde venimos, podremos evitar volver a ese triste lugar de nuevo.

Mi adicción había sepultado mi futuro

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Estoy todavía en tratamiento pero los resultados, en los pocos días que llevo, me dan esperanza y han conseguido subir mi autoestima.

Abordar mis adicciones en un entorno tan favorable me ha permitido decirme a mí mismo: ”Creo en mí, y, con el trabajo diario, conseguiré vencer mis problemas y adicciones”. Este es el resultado de vivir en una comunidad terapéutica. CITA y los profesionales que aquí trabajan, a través de una labor constante (talleres y sesiones individuales), han conseguido que conciba un futuro lejos de la adicción a las substancias. Hemos abordado mi enfermedad, mis miedos y los problemas psicológicos que motivaron mi adicción. Si estás decidido a luchar y a superar esta enfermedad, la comunidad terapéutica es el escenario idóneo para conseguirlo.

Ahora estoy estructurando mi vida y trabajando para poder crear unos buenos cimientos donde se apoye un proyecto de futuro, largo tiempo deseado, basado en la autoestima. La principal herramienta de trabajo es la aceptación de la enfermedad y las ganas de salir de este laberinto de penumbras. Este hecho, y la vida en comunidad, me han enseñado a vivir sin la dependencia a una substancia y a volver a creer en mi fortaleza. Mi adicción había sepultado mi futuro y mi vida bajo un montón de mentiras y contradicciones. Vuelvo a creer en mí y a ver la luz al final del túnel. Conseguiremos vencer mis adicciones y miedos y mi vida volverá a tener un sentido. Gracias CITA Rural.

La soledad (Taller de escritura)

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De pequeños nos educan socialmente para que percibamos la soledad como algo negativo. La soledad no es más que un estado, donde lo físico y lo emocional está interrelacionado; es decir, que del estado físico surge el estado emocional y que del estado emocional puede surgir lo físico, aunque este último caso requiere de más factores para que lo emocional se plasme en lo físico. Por ejemplo:

a)     Una persona que está sola, emocionalmente puede sentirse así o ser más propensa a sentirse de este modo.

b)     Una persona que emocionalmente se siente sola, puede con su actitud determinar el contexto: encerrarse más en su mundo emocional y no permitirse disfrutar de lo social.

En nuestra sociedad, la palabra “soledad” sólo tiene una connotación negativa. Es la palabra innombrable, la que hace temblar a los padres cuando la “sufre” su hijo. Pero nos enfocamos en el hecho de la soledad y no en lo que podemos hacer con ese estado. Sabemos lo que significa la palabra “empatía” pero hoy en día no se practica. No somos capaces de ponernos en nuestro lugar, ni entendernos, ni mucho menos observarnos para luego actuar.

 La soledad es la pionera de las grandes ideas, es el antídoto del loco antes de convertirse en genio, es  el lugar donde la maldad se reflexiona, el ápice crítico entre una multitud cegada por el sistema. La soledad sin fin, desde el punto de vista introspectivo y no tan plural, significa el comienzo hacia el auto-conocimiento personal, que es lo que al fin y al cabo nos interesa.

Y aquí quería llegar: al punto en el que una doncella besó a una rana para que ésta se convirtiese en príncipe para siempre. ¿Qué quiero decir con esto? Que depende de cómo nos tomemos la soledad podemos, gracias a ella,  llegar a crear y mantener por siempre lo que hemos creado.

 Así pues, distinguiré dos maneras de tomarnos este estado:

 SENTIR LA SOLEDAD/ CONECTAR CON LA SOLEDAD

–         Cuando siento la soledad, estoy triste

–         Cuando conecto con la soledad, creo en ella

–         Cuando siento la soledad, siento ausencias

–         Cuando conecto con la soledad, me basta mi propia esencia

–         Cuando siento la soledad, estoy perdido

–         Cuando conecto con la soledad, empiezo a encontrar mi ser

–         Cuando siento la soledad, voy a consumir

–         Cuando conecto con la soledad, soy capaz de sostener la abstinencia

Taller de Prevención de recaídas. La personalidad adictiva. Primera parte.

By Blog, Talleres

Es cierto que determinados rasgos de personalidad aumentan las probabilidades de volverse adicto a algo. Por ejemplo, si un individuo es tímido y vergonzoso de forma angustiosa, y una droga en particular lo hace sentirse más distendido y sociable, es muy probable que quiera usarla una y otra vez, con lo que se pondrá en marcha el proceso adictivo.

Es fácil pensar que el rasgo de personalidad en sí es lo que causa la adicción, pero en realidad el problema es mucho más profundo que eso. El malestar interior que nos hace tan vulnerables a la adicción puede estar originado en nuestro sistema de creencias. Este sistema de creencias que tenemos sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el mundo en general, determinan en gran medida nuestra conducta.

Lamentablemente, los tipos de creencias que hacen a la persona vulnerable a la adicción están muy difundidos hoy en día. Por ejemplo, si muchas personas en una sociedad creen que la imagen es más importante que ser autentico, entonces la persona que no se ajusta a esa imagen de moda sentirá que no está a la altura de las circunstancias. Esta creencia angustiosa se puede convertir en un trampolín a la adicción.

Otras creencias adictivas generan una mentalidad proclive al arreglo rápido: una obsesión por el poder, el control y la gratificación inmediata. Esta mentalidad induce a optar siempre por el arreglo fácil, rápido y a corto plazo para cualquier problema, aun cuando no sea una buena solución, sino una forma de escape o que genere incluso más problemas en el futuro.

 El sistema de creencias adictivo.

 Las creencias no suelen ser del todo conscientes, es decir, no se las dice uno mismo y en voz alta, sino que pueden verse si se mira con atención, en ciertos detalles de nuestra manera de hacer las cosas.

Yo debería ser perfecto, y la perfección es posible.

En nuestra sociedad y en nosotros,  se encuentra arraigada la creencia de que se puede ser perfecto, o al menos estar muy cerca de serlo. Si de verdad creemos en una idea como esta, inevitablemente fallaremos, ya que no es posible cumplir con un mandato semejante.

Esta búsqueda de perfección: el trabajo perfecto, la imagen perfecta, el cuerpo perfecto, etcétera, fomenta un gasto de energía completamente vano y configura una situación en donde la frustración está en primer plano.

Nos vemos de este modo, impulsados a perseguir la ilusión que producen los ejercicios físicos incontrolados, las compras compulsivas, la adicción al trabajo, el consumo de cocaína.

Perseguimos la ilusión aunque solo dure lo que dura la euforia de la cocaína, o del estreno de una nueva prenda de ropa o el elogio del jefe.

 Yo debería ser todopoderoso.

Las personas vulnerables a las adicciones tienen también cierta idea de poder algo engañosa. Creen, íntimamente, que pueden controlarlo todo, a sí mismos y a los demás.

Esta ansia de control precipita a las personas al consumo, ya que la mayoría de las nuevas drogas generan una sensación muy marcada de control y poder.

De alguna manera, el consumo funciona en este caso para poder sostener esa ilusión de control, y de algún modo, cancelar la ansiedad o angustia que produce la sensación de pérdida de control sobre las cosas. Teniendo en cuenta que los adictos, efectivamente, han perdido el control de gran parte de su vida, la necesidad de consumo se multiplica de modo exponencial.

Esta es la paradoja de las drogas que tienen esta función, fomentan una ilusión de control cada vez mayor, mientras por el otro lado, lo que realmente producen es una caída de las posibilidades de una persona de influir sobre el destino de su vida.

 Yo siempre debería conseguir lo que quiero.

Como los niños, los adictos aborrecen los límites.

Se pierden de vista completamente las consecuencias que puede traer el consumo, se deja de pensar en el futuro y solo se ve el placer que se puede obtener aquí y ahora.

Una práctica como esta, debe estar basada en la falsa creencia de que no hay límite al goce de los objetos o las sustancias.

De forma paradójica, es nuestro rechazo a los límites lo que nos empuja a una vida de búsqueda permanente de gratificaciones. No hay descanso, siempre se necesita tener un poco más, conseguir más, ser más.

En un mundo sin límites, nunca puede haber “bastante”. La creencia en lo ilimitado promueve la adicción.

 La vida debería estar libre de dolor y no requerir ningún esfuerzo.

Esta creencia se encuentra en el núcleo del modo de pensar adictivo. Sin se insiste en evitar todo dolor emocional, en sentirse bien todo el tiempo, tendremos que buscar modos de evitar la realidad, de escapar de nuestro estado de ánimo.

 Tiene cierta ironía el consumo, ya que a través de intentar resistirse a sentir dolor es cuanto más se sufre. Porque ¿no es acaso la adicción un modo de resistirse a sentir dolor y que sin embargo genera mucho más sufrimiento del que podrían haber causado los dolores originales?

Negarse a afrontar el dolor tiene como consecuencia una pérdida de libertad. Cada vez que surgen sentimientos penosos, buscamos automáticamente evitarlos, tomando un trago, comprando cosas, etcétera.

 Yo no soy bastante.

Probablemente, ninguna otra creencia es más dolorosa y eficaz que esta para promover una adicción. Conduce a un absoluto rechazo de sí mismo y a una dura conclusión, no valgo nada y por lo tanto, no merezco ser querido.

Esto no se lo dice el adicto de manera explícita, sin embargo se deja leer en diferentes dichos y conductas. Por ejemplo, no sirvo para nada, soy malo, egoísta, tonto, etc.

Estas creencias producen una profunda inseguridad que lo llevan a intentar, por cualquier medio, compensar esa falta. Es frecuente encontrar casos de inhibición social por inseguridad, que cuando se combinan con consumo de alcohol genera una exagerada socialización, produciendo finalmente el rechazo.

 Estos son algunos de los sistemas de creencias que están en la base la personalidad adictiva. En la segunda parte de este taller, veremos de qué se trata la personalidad adictiva en sí.


[1] Taller basado en el capitulo 5 del libro Querer no es poder, de Washton y Boundy. Ed. Paidós. Madrid 2011.

El estramonio lo carga el diablo

By Actualidad, Blog

La muerte de dos jóvenes en una rave de Getafe ha desencadenado la guerra a una planta de la familia de las solanáceas en la Comunidad de Madrid. Los dos jóvenes murieron después de ingerir una infusión de Estramonio. El ayuntamiento de Getafe ha ordenado arrancar todas las plantas que se pudiesen localizar, que según las últimas informaciones ascendían a más de mil.

El Estramonio (Datura stramonium) es una planta silvestre que crece libremente. Se le ha dado los nombres de Hierba del infiernoHiguera del diablo y Revientavacas, entre otros, probablemente porque era una de las plantas que en la Edad Media se utilizaron tradicionalmente en la brujería y por el daño que causa a los animales que lo comen inadvertidamente.

Getafe y otros municipios de aquella zona pretenden ahora localizar la presencia de la planta, eliminarla y señalizar la zona para que, en primavera, pueda ser exterminada por completo. Algunos expertos, sin embargo, han objetado que intentar erradicar esta planta es absurdo, ya que es imposible eliminarla porque está muy extendida y porque la tierra ya está llena de semillas. Lo sensato –concluyen- pasa por educar a los potenciales consumidores. Además, aunque fuese posible exterminar al Estramonio, seguirían existiendo muchas más plantas igual de letales y que crecen por doquier, como la adormidera.

Aunque el Estramonio tiene aplicaciones medicinales, su uso casero no es recomendable por los venenos que contiene. Algunos jóvenes la consumen porque es una planta psicoactiva y sus alcaloides, a partir de determinadas dosis, presentan efectos neurotóxicos, pero en dosis más altas producen un fuerte delirio alucinatorio, cuando no la muerte.

Parecía que el uso alternativo de esta planta –que había tenido su momento álgido en los 70- había disminuido. Hasta ahora, que ha vuelto al primer plano de actualidad, quizás por su fácil presencia en terrenos abandonados y la facilidad de su preparación. En mi experiencia como trabajador en el área psiquiátrica sólo conozco un caso directo de consumo: se trataba de una persona muy joven que refirió alucinaciones visuales, pensamientos mágicos, sueños muy vivos y una visión levemente borrosa que duró algunos días. El problema, como tantas otras veces, era que se trataba de una persona con una estructura psíquica muy frágil que poco después sufrió un bote psicótico. Mucho cuidado pues con las presuntas drogas recreativas porque algunas de ellas, como el Estramonio, las carga el diablo.