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Taller de Prevención de recaídas: Apartarse de la droga. Primera parte.

By Blog, Talleres

Liberarse de una adicción requiere algo más que limitarse a cumplir algunas fórmulas de autoayuda. Significa, ante todo, cambiar el modo en que uno vive. Implica desmantelar el armazón adictivo de la propia vida para crear una estructura diversa en su lugar.

Al elegir la vía de la adicción, el individuo tomó el camino que creyó más fácil y se apartó de otro que lo obligaba a luchar con los sentimientos y problemas que él deseaba eludir.

Ahora, para recuperarse, el individuo tiene que dejar de caminar en círculos y afrontar esos sentimientos y creencias que lo hicieron tan vulnerable a la adicción.

Ahora bien, ¿cómo dejar de caminar en círculos?

Para lograrlo hay que interrumpir el ciclo y eso se alcanza introduciendo una variante en la manera de hacer. Esta variante es dejar de consumir. Es imposible comenzar un camino de recuperación sin romper el circuito adictivo.

La abstinencia es un requisito previo para la recuperación y no su desenlace.

Continuar con la actividad adictiva no hace sino mantener vivo el deseo de consumir y hace inevitable la recaída. Lo único que con el tiempo eliminará el deseo de consumir es la abstinencia total. Si uno continúa consumiendo, aunque sea en ocasiones, estará tan pendiente de ese proceso y sus consecuencias que será incapaz de efectuar los cambios que conducen a la verdadera recuperación.

Ahora bien, una advertencia es necesaria antes de seguir adelante. Las personas propensas a la adicción suelen querer resultados perfectos, y los quieren ya.

Al principio de la recuperación, esto puede llevarlos a pretender mucho y demasiado pronto. Tal vez aspiren a dejar el consumo sin ningún tropiezo, a solucionar instantáneamente todos los problemas que han tenido en su vida durante años, a no tener nunca deseos de volver a consumir, a no recaer y vivir felices por siempre.

La recuperación es un proceso de aprendizaje, como cualquier otro, y hay que contemplar entonces los errores y los obstáculos. Es probable que nos encontremos con caídas en el recorrido, pero se trata de no abandonar el camino, ya que los resultados llegan.

Prepararse para dejar el consumo.

Evitar la negación.

El primer paso es lograr distinguir las consecuencias que provoca el consumo. Una vez distinguidas, debemos dar un paso más, que consiste en poder ver claramente que, a pesar de las consecuencias negativas, la práctica continúa.

Es decir, tenemos las consecuencias y tenemos la imposibilidad de detenerse; si juntamos ambas partes tendremos el montaje de la adicción. Evitar la negación implica poder hacer esa conexión.

Un obstáculo importante para evitar la negación es la auto-recriminación y la culpa que se siente con respecto al consumo. Algunas personas están “empeñadas” en sentirse fracasadas y les resulta difícil abandonar esa identidad.

Decírselo a alguien.

Reconocer un problema en voz alta también ayuda a disipar la negación. Admitir que se tiene un problema de consumo contribuye a reconocer que algo marcha mal en la vida, y esto crea un marco adecuado para tomar decisiones orientadas a la recuperación.

Decidirse a dejar el tóxico.

Un ejercicio muy útil para comenzar a despejar incógnitas es el de los costos y beneficios en relación al consumo.

A partir de poder poner por escrito los costos y los beneficios de consumir, y hacerlo de manera sincera, se pueden ver una cierta cantidad de cosas que a primera vista estaban escondidas. Este ejercicio sólo tiene efectos si la persona realiza un verdadero acto de honestidad consigo mismo.

Intente enumerar todo lo que se le ocurra, sea pequeño o grande, y procure no dejar nada sin apuntar. De este modo, una vez concluido, tendrá delante de sí un mapa bien trazado del problema.

En el lado del coste, considere cómo ha afectado el consumo a sus relaciones familiares, amistades, trabajo, carrera, salud física y mental, autoestima, responsabilidades y actividades recreativas.

Del mismo modo, por el lado de los “beneficios”, intente hacer el listado de manera detallada. ¿Qué es lo que obtiene del consumo? ¿Le ayuda a relajarse? ¿A conocer gente? ¿Elimina la ansiedad? ¿Olvida los problemas? ¿Le ayuda a aguantar el aburrimiento?

Ahora bien, para completar el ejercicio, necesitamos una lista más. Esta tercera lista será sobre lo que usted pretender conseguir, lo que quiere, lo que desea o le gustaría de su vida.

Una vez que tenga estas tres listas, escritas de manera sincera, intente estudiarlas y encontrar relaciones, ideas y preguntas.

Prevea sentirse ambivalente.

Es del todo normal sentirse ambivalente en relación al consumo. Muchos fueron los “beneficios” que le ha aportado el consumo y eso no se olvida de un día para el otro. Reconocer el gusto por el consumo y la ambivalencia que le genera es un paso imprescindible. En ocasiones se escucha “nunca más consumiré, lo tengo clarísimo”. Este argumento suele dejar de lado el componente de deseo que hay en relación al tóxico.

Nivel de compromiso con la renuncia al tóxico.

Es necesario que se tenga muy clara la motivación para dejar la adicción. Hay que preguntarse antes de comenzar si el compromiso es auténtico o superficial. Usted ha pensado en dejar la droga. ¿Otras personas le piden que lo haga y usted busca complacerlas que lo dejen tranquilo o la decisión es suya?

De las respuestas a estas preguntas depende la orientación de todo el proceso. Si verdaderamente el objetivo es dejar las drogas, en ese caso, se deberá estar muy atento a lo que se hace.

La distancia entre lo que se dice y lo que se hace es una buena medida de las cosas.

Taller de prevención de recaídas: De causas y consecuencias

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La adicción, muchas veces está formada por la relación con más de una sustancia. Las combinaciones pueden ser diversas y cada cual tiene su pareja. Las más comunes son: cocaína y alcohol, cocaína y prostitución, alcohol y tabaco, juego y comida en exceso, etc. De alguna manera, parece que una adicción fomenta a la otra.Es frecuente escuchar la siguiente afirmación: Yo puedo estar tranquilo, sin consumir cocaína, hasta que bebo la primera cerveza. Este es un ejemplo típico de la combinación de consumos. Efectivamente, uno fomenta el otro.

Lograr dejar una sustancia no implica dejar todas las demás, incluso puede suceder lo contrario. Es decir, cuando se logra dejar un consumo, aumenta el otro. Podemos nombrar aquí otra serie de ejemplos emblemáticos: He dejado el tabaco, ahora sólo fumo porros; he dejado la cocaína, ahora sólo necesito benzodiacepinas cada día, etcétera.

De este modo, se ve claramente que no se trata de las sustancias en sí sino de la manera en que las utilizamos.

En el pasado, la hipótesis más fuerte postulaba que el problema de la adicción o el elemento adictivo estaba en la sustancia en sí, y, de este modo, lo principal era erradicar la sustancia.

Este postulado estaba equivocado, ya que más allá del fracaso completo de las políticas policiales en contra de la distribución de la droga, lo importante fue la observación de que hay otras cosas a lo que la gente se vuelve adicta y que en un principio no implica la ingesta de un elemento químico. Por ejemplo, hay gente adicta a las compras, al póker, al bingo, a la comida, al sexo, etcétera.

Otra hipótesis que resultó equivocada fue la que postulaba que la gente consume para evitar la abstinencia y nada más. De este modo, la idea que se sostenía decía que una vez consumida la primera dosis, las siguientes sólo vienen para que la persona no experimente la abstinencia. En concordancia con esta hipótesis, muchos tratamientos proponían un período rápido de desintoxicación y luego listo, está “curado”.

Ahora sabemos que superar una adicción necesita algo más que dejar de consumir por unos días. Se trata más bien de un cambio de orden subjetivo, un movimiento global en relación a una serie de factores que nos afectan internamente. La manera en cómo enfocamos nuestros problemas y cómo logramos satisfacer nuestras necesidades emocionales, sociales y afectivas tienen más que ver con la adicción que si hacemos más o menos deporte o si tomamos tal o cual sustancia.

La causa de la adicción tiene que ver con cómo nos arreglamos con el malestar.

Hay cinco factores principales que ponen a las personas en alto riesgo de recurrir a una droga para cambiar su estado de ánimo, de obtener de esa droga un efecto placentero y de sentirse empujado a repetir la secuencia una y otra vez.

  1. Sistema de creencias adictivo.
  2. Personalidad adictiva.
  3. Inadecuada capacidad para afrontar las cosas.
  4. Necesidades sociales y emocionales insatisfechas.
  5. Falta de respaldos sociales.

Sistema de creencias adictivo.

Un falso sistema de creencias funciona por debajo de las adicciones. Este sistema de creencias incluye, por ejemplo, la idea de que es posible ser perfecto, que el mundo no tiene límites, que nuestra imagen es más importante que lo que somos, que no somos bastante y, sobre todo, que ciertas cosas, como las drogas u otros objetos, tienen la solución mágica a los problemas de nuestra vida.

Este sistema de creencias nos pone a un paso de creer que podemos encontrar una satisfacción inmediata aún cuando sabemos que perdemos una satisfacción más sólida y duradera a largo plazo.

Personalidad adictiva.

Está formado por ciertos rasgos de personalidad que incluyen, entre otros, los siguientes.

  • Perfeccionismo.
  • Insensibilidad emocional.
  • Búsqueda de aprobación.
  • Hipersensibilidad a las críticas y al rechazo.
  • Propensión a sentir vergüenza.
  • Enojos mal manejados.
  • Incapacidad para tolerar las frustraciones.
  • Sentimientos de impotencia.
  • Desmedida necesidad de ejercer el control.
  • Pasividad para encarar problemas.
  • Abandono de uno mismo.
  • Aislamiento social.

Inadecuada capacidad para afrontar las cosas.

Debido a que vivimos en una sociedad que también es adictiva, no estamos adquiriendo la adecuada capacidad para afrontar y resolver problemas. Tenemos pocas herramientas para tolerar la ambigüedad y la frustración, comunicarnos directa y honestamente, cooperar y actuar de forma constructiva.

En vez de esto, aprendemos a recurrir al arreglo rápido, a las soluciones a corto plazo.

Necesidades emocionales y sociales insatisfechas.

Las necesidades de ser aceptados como somos y no por lo que parecemos suelen estar insatisfechas, ya que vivimos en sociedades regidas por patrones imposibles de seguir. La belleza, el dinero, la eficiencia, la felicidad total, etc., son factores que generan impedimentos de poder satisfacerse con las relaciones sociales o emocionales.

Falta de respaldos sociales.

Sin un sentido de pertenencia a algún grupo, ya sean amigos, familia, compañeros, etcétera, estamos mucho más dispuestos a caer en una adicción. Enfrentar los problemas de la vida solo es mucho más difícil que hacerlo con apoyos.

En muchas ocasiones, el consumo intenta ser una herramienta para poder generar un grupo de pertenencia. En ocasiones, esto funciona por un breve lapso de tiempo; sin embargo, termina cayendo por la lógica misma del consumo, que promueve la soledad y el aislamiento.

La combinación de estos cinco factores ponen a la persona a las puertas de una adicción. Pero no podemos olvidar algo fundamental: necesitamos las dos partes de la combinación. Por un lado, esta serie de características, y, por el otro, el acceso a la sustancia. Una sin otra no puede sostenerse.

1 Taller basado en el capitulo 4 del libro Querer no es poder, de Washton y Boundy. Ed. Paidós. Madrid 2011.

Taller de Prevención de recaídas: Cómo cae en la adicción la gente común.

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Una persona no necesita reunir todos los componentes de una personalidad adictiva o estar emocionalmente perturbada para caer en una adicción; basta con que guarde el recuerdo de una experiencia con cierta actividad o substancia  que le resultó muy reconfortante, aliviadora o placentera.Más adelante, cuando esa persona sufra un alto grado de stress tal vez se sienta, consciente o inconscientemente, inclinado a tomar otra vez esa substancia o a involucrase en esa situación. Sin que pueda advertirlo, de este modo puede ponerse en marcha un círculo vicioso difícil de detener.

En el caso del alcohol, las drogas, el juego, el sexo, etcétera, los efectos bioquímicos que se producen en el cerebro refuerzan la dependencia.

En muchos sentidos, el proceso de la adicción  se puede comparar con entablar una relación. A medida que avanzamos con la relación, nuestro compromiso se intensifica y el influjo que ejerce sobre nosotros es más fuerte.

Presentamos aquí, las etapas de un amargo matrimonio:

Enamoramiento.

Las primeras experiencias con las drogas, tanto si han sido buenas o malas, nos dejan una marca.

Los primeros contactos suelen dejar encandilado y enamorado. En general, suelen tener un efecto que es importante para esa persona, ya sea que le emocionan, le producen euforia o le tranquilizan. Se genera un cambio de estado de ánimo que, en muchas ocasiones, se experimenta con todo el cuerpo.

Las drogas producen una alteración del equilibrio químico del cerebro, aumentando  los neurotransmisores que producen placer. De este modo, a largo plazo, se genera una dependencia de ese nuevo equilibrio químico.

Al margen de los neurotransmisores, las drogas, con su efecto placentero, desinhibidor, euforizante, etcétera, producen cambios a nivel de nuestra subjetividad.

Es común escuchar a la persona que dice que con una copa se siente más cómodo en las reuniones sociales o que puede hablar de manera más elocuente con el otro sexo. Es conocido también el efecto euforizante de la cocaína, que produce deseos de conectar con los demás. Otro ejemplo clásico es la relajación y el placer que produce la heroína o la calma que puede dar también el consumo de alcohol.

Son sensaciones del ánimo buscadas por las personas: Estar alegre, estar tranquilo, ser espontáneo.

A primera vista, el consumo viene a resolver esa carencia, dándole valor al tímido, tranquilidad al nervioso, alegría al apático y entretenimiento al aburrido. De este modo, no es extraño que una persona vuelva a buscar la droga para producir una vez más ese efecto deseado y así evitar, al menos durante unas horas, lo que no funciona.

La luna de miel.

Una vez que una persona tiene claramente identificado que consumiendo tal o cual substancia puede alcanzar, rápido y sin esfuerzo, un estado o una sensación deseada y no identifica esta substancia con algo totalmente negativo, el camino de la adicción está servido.

Las situaciones de stress, de dolor, de frustración o de apatía, entre otras, lamentablemente no son pocas en la vida de una persona. Cada cual tendrá sus problemas: para unos serán grandes mientras que para otros serán pequeños; cada cual encontrará lo que no va para uno mismo, lo que falla o lo que falta. El catálogo es tan amplio y variado como gente hay en el mundo.

Frente a esto, la persona puede verse tentada a intentar cancelar, de manera rápida, estas situaciones o sentimientos y, de este modo, poder seguir adelante.

Si dejamos de lado la “solución inmediata” del consumo, tenemos básicamente dos opciones: La primera, tomar medidas para modificar la situación que nos está incomodando o molestando; por ejemplo, resolviendo el problema, tratándolo, comunicándolo, etcétera. O la segunda opción, si la primera no es posible, será cambiar nosotros mismos frente a la situación, modificando nuestra relación con ella.

Sin embargo, estas dos opciones parecen no ser del todo fáciles de poner en práctica. Sabemos poco sobre cómo modificar las situaciones que nos rodean, ya sea porque no sabemos cómo hacerlo, cómo comunicar nuestros deseos o incluso, a veces, ni siquiera sabemos lo que queremos.

Estamos mucho más acostumbrados a negar nuestros problemas, subestimarlos o directamente no prestarles atención. Evitamos la reflexión y evitamos también poner la mirada sobre nuestras sensaciones y sentimientos.

Durante este período, el consumidor puede disfrutar de todos los beneficios del consumo. Siente que ejerce el control, logra la desinhibición, la calma, la relajación, la alegría, la euforia y el olvido. Todavía es pronto para empezar a ver las consecuencias.

Traición.

Al principio, el consumo parece prestarnos un buen servicio: nos sentimos más atractivos, cómodos, menos aislados, más productivos, poderosos, alejados de nuestros problemas. Sabemos que esto es una ilusión, y sabemos también, que las ilusiones no duran.

Mientras tratamos de mantener esa ilusión, los problemas no hacen más que aumentar y nuestra avidez de sensaciones se intensifica. Se necesita siempre un poco más.

Lo que antes era solo un temor, tal vez sólo una percepción exagerada de los problemas, ahora se convierte en un problema real. Esta rueda comienza a girar y produce una retroalimentación negativa. Podemos ubicar una secuencia en donde primero la persona desconfiaba de sus propias capacidades; segundo,  para no pensar demasiado en eso consumía; y tercero,  por consumir a un alto nivel, realmente pierde sus capacidades, cumpliendo de algún modo lo que antes solo era un supuesto.

La secuencia se reproduce de manera exponencial. Lo que antes era incapaz de hacer una persona ahora parece posible. El ejemplo clásico es el del cocainómano que primero gasta un poco más de la cuenta un fin de semana, luego se gasta casi todo lo que gana, luego pide prestado y acaba, al fin, robando para sostener la adicción.

En la ruina.

Siguiendo adelante con las etapas, nos encontramos en uno de los últimos escalones. Del mismo modo que, en un principio, la persona buscaba el consumo como un modo de no saber nada de sus problemas, ahora lo repite pero en mayor medida. Los problemas ahora son enormes y, por ende, la necesidad de consumo es mucho mayor. A esto se le agrega el factor de la tolerancia, que es la capacidad del cuerpo a acostumbrarse a una cierta cantidad de droga, lo que provoca la necesidad de consumir cada vez un poco más para obtener los mismos resultados.

En este momento, casi cualquier cosa puede ser un buen motivo para consumir, desde una pequeña discusión  hasta el más simple aburrimiento. La persona no aguanta sin consumir, se ha vuelto dependiente de ese estado.

En este momento, tres procesos que se encadenan vienen a reforzar el circuito de consumo:

El deseo de evitar la abstinencia, que comprende tanto síntomas físicos como psíquicos.

Condicionamiento: Los efectos de la droga quedan asociados a una enorme cantidad de lugares y cosas. Cada vez que la persona entra en contacto con esas personas o lugares, recuerda automáticamente el consumo y lo desea.

Alteración de la función cerebral: El desequilibrio de neurotransmisores en el cerebro provoca que, cuando la droga falta, se sienta una enorme apatía y desgana, una sensación de vacío insoportable.

La prisión.

En este momento, el consumo lo ocupa todo, nada ha quedado aparte de esto. Se entra en un franco estado de desesperación, no se ve la salida y el adicto se mantiene obsesionado con consumir. Todas las esferas de su vida se deterioran. Tiene dos opciones: O consumir, ya sin placer, de modo repetitivo e incansable, o la segunda, el terror de la abstinencia.

Este período puede durar más o menos tiempo y puede no detenerse si nada sucede.

De este modo, se está frente a un cruce de caminos: Por un lado, continuar con el consumo, que, a pesar de ser horrible, al menos es algo conocido; por otro lado, afrontar las situaciones, con la incertidumbre que genera lo desconocido.

Dos opciones que pueden llevar a dos sitios bien diferentes. El primero, continuar con lo mismo, con un resultado asegurado, que es la pendiente del consumo desencadenado. El segundo, un camino nuevo, de trabajo y esfuerzo.

(Taller basado en el capitulo 3 del libro Querer no es poder, de Washton y Boundy. Ed. Paidós. Madrid 2011)

Taller de prevención de recaídas: De qué hablamos cuando hablamos de adicción

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En este taller, haremos un recorrido por los elementos que nos permiten saber cuándo lo que era un hábito se ha convertido en una adicción.

Muchos son los matices que configuran una adicción y no solo que se consuma con más o menos frecuencia. Es decir, no es una condición necesaria la de consumir cada día para entender que estamos frente a una adicción.

La mayoría de los adictos no consumen a diario sino que hacen un uso esporádico de la droga, alternando períodos de consumo diario con períodos de abstinencia o de consumo controlado.

Este es un punto muy importante para tener en cuenta: una adicción no se mide por frecuencias de consumo. Caer en esta confusión suele provocar el error de creer que, como uno no consume cada día, entonces lo tiene controlado.

Tampoco es una buena idea apoyarse solamente en el criterio de las cantidades. Una persona puede tomar sólo un poco de cocaína cada fin de semana y, al compararse con otros que toman más, creer que eso entonces está bajo control. Las dosis o cantidades que cada persona consume son singulares, cada uno tiene su medida.

No se trata entonces ni de la frecuencia ni de la cantidad, sino de qué efectos provoca en cada uno, tanto en el momento del consumo como dentro de un plano global de vida.

Para decirlo rápidamente, estamos hablando de adicción si esta práctica está causando problemas pero se sigue haciendo a pesar de las consecuencias.

Otro elemento distintivo es la función que tiene el consumo. Si se consume para “olvidar” una situación o sensación; si se consume para “evitar” pensar en algo que es intolerable. Entonces ya no podemos hablar de simple diversión o pasatiempo.

Cuatro elementos distintivos de la adicción.

Obsesión.

La conducta adictiva generalmente es desgastante y agotadora. Si se es adicto a algo, con frecuencia no se puede dejar de pensar en ello. Cuando se está cerca de volver a consumir, es probable que se experimenten sensaciones de ansiedad y nerviosismo que solo remiten a partir de poder realizar el consumo.

En general, el pensamiento de consumir lo ocupa todo, haciendo uso de una gran parte de energía y dejándolo, literalmente, vacío para otros cosas.

Si se está frente a una adicción, la persona hará todo lo posible por acceder al consumo. Hará y deshará según convenga en relación a conseguir la droga. No hay límites hasta alcanzar ese objetivo.

El impulso que experimenta un adicto funciona como un mandato que no puede postergarse, hay que cumplirlo sí o sí. En caso de verdadera privación, y esto es un signo claro, se experimenta nerviosismo y ansiedad.

Consecuencias negativas.

Lo que convierte un hábito en una adicción es que sus consecuencias se vuelven en contra de uno. Al comienzo, se obtienen ciertos beneficios aparentes, pero luego las consecuencias negativas son evidentes. Sin embargo, la práctica continúa  a pesar de las consecuencias.

A grandes rasgos, podemos ubicar las consecuencias negativas dentro de 6 áreas:

Relaciones: Hemos visto en otros talleres como la consecuencia a largo plazo en la adicción es un marcado aislamiento de los otros y la rotura de los vínculos sociales.

Trabajo: Es frecuente que los problemas en el trabajo surjan más a menudo como consecuencia de la adicción. Ya sea por faltar al trabajo luego de un consumo, asistir al trabajo bajo los efectos de la droga o bien, por bajo desempeño causado por la falta de energía y motivación que provoca la adicción.

Economía: Las drogas no son baratas y junto con el consumo viene asociados otra cierta cantidad de gastos sin control. Sobran testimonios de personas que han gastado fortunas en su consumo.

Salud psíquica: La lista de estados como consecuencia del consumo es larga; nombramos aquí solo algunos: Irritabilidad generalizada, actitudes defensivas, desconfianza, nerviosismo, angustia, ansiedad, pérdida de autoestima, etc.

Conducta: Una persona que está bajo el efecto de las drogas está dispuesta a hacer una cierta cantidad de cosas que de otro modo ni pensaría. El consumo genera situaciones de riesgo, desde conducir ebrio y provocar un accidente, hasta generar peleas violentas. En todas las situaciones, el que consume se expone.

Salud física: El consumo tiene consecuencias físicas, a veces más o menos evidentes. Lo que queda claro es que no es inocuo. El consumo sostenido y a largo plazo puede tener consecuencias irreversibles a nivel orgánico.

Falta de control.

A pesar de las consecuencias negativas que hemos enumerado, si se está dentro de una adicción, por lo general se es incapaz de controlar el consumo. Una vez que se comienza se continúa. A pesar de tener claras las consecuencias y de tener las mejores intenciones, hay algo que es evidente, cuando la adicción está en pleno funcionamiento, un solo consumo desencadena todos los demás.

Hay que tener en cuenta lo siguiente: no es usted quien controla la situación sino más bien lo contrario.

En ocasiones, los adictos logran estar durante ciertos períodos sin consumir. Ya sea para demostrarse a sí mismos que son capaces de ejercer cierto control o para demostrarlo a otros. Sin embargo, si no se enfoca el trabajo en los elementos internos que puedan estar generando esa respuesta, lo más probable es que se vuelva a consumir. Es decir, si estamos de acuerdo en que el consumo viene a cubrir un problema que está por debajo, si no hacemos algo para resolver ese problema, no habremos hecho mucho.

Negación.

A medida que los adictos comienzan a acumular problemas en los distintos ámbitos en los que se mueven, ya sea trabajo, familia, amigos, etc…, como consecuencia de su consumo, generalmente se comienzan a negar dos cosas.

  • Que la droga sea un problema que no puedan controlar.
  • Que los problemas que tienen en sus vidas tengan que ver con el consumo.

Hay varias maneras de expresar la negación. Éstas son algunas de ellas:

Negar terminantemente: “No, yo no tengo ningún problema”.

Minimizar: “No es tan grave”.

Evitar el tema (Ignorarlo, negarse a hablar de ello).

Culpar a otros: “Es normal estar así teniendo un jefe/esposo/novia/madre/etc…así”.

Racionalizar: “Lo mío no es tan grave como lo de tal o cual, si no consumes más de tanto o cuanto…”

La negación pasa completamente desapercibida para el adicto; de algún modo, ha perdido o se han aflojado sus lazos con la realidad. Cuando un adicto decide ir a comprar un poco más o tomar un poco más sabiendo las consecuencias inmediatas que eso tendrá y sin embargo sigue adelante, es evidente que algo no le permite leer las situaciones de manera apropiada. Hay, de algún modo, una fractura con la realidad.

La principal función de la negación es sostener el consumo e impedir que se generen obstáculos para continuar con él. El adicto, a partir de la negación, evita advertir los problemas que le genera el consumo, ya que, si los pudiera ver con claridad, tendría que tomar medidas al respecto. Mientras que la adicción le está generando un sinfín de problemas, el adicto, con la ayuda de su síntoma, que es la negación, logra mantenerse apartado de ese hecho y conservar la ilusión de “que todo está bien y bajo control”.

La negación funciona entonces como una medida de protección frente a la realidad para poder conservar lo que cada uno cree de sí mismo, sea esto lo que sea.


[1] Taller basado en el capitulo 2 del libro Querer no es poder, de Washton y Boundy. Ed. Paidós. Madrid 2011.

Taller de prevención de recaídas: abstinencia y recaídas.

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Prevención de Recaídas: Abstinencia y Recaída

Dejar de consumir es una gran decisión, difícil de tomar y que implica un cambio profundo en muchos órdenes de la vida. Sin embargo, no es esta etapa la más complicada, sino la siguiente, que es la de sostener esa decisión a través del tiempo.

Sostener la abstinencia está íntimamente ligado con la posibilidad de la recaída. Esta posibilidad, de la que en general se habla poco y en la que muchos pacientes prefieren no pensar, está presente dentro del proceso de recuperación. Obviar su importancia y el papel que juega dentro del recorrido general, promueve el desconocimiento y multiplica las posibilidades de que suceda.

Una de las ideas más importantes que hay que tener en cuenta para prevenir las recaídas es la siguiente: La abstinencia no es sinónimo de recuperación.

Dejar de consumir, como hemos dicho, es un gran paso, pero es solo el primero. Se necesitan más esfuerzos y trabajo para alcanzar la recuperación.

Dejar de consumir abre la posibilidad de comenzar con la tarea más importante, que es la del trabajo personal. Sin esta segunda parte, la abstinencia se sostiene durante un tiempo, pero luego cae.

Si es correcta la hipótesis de que el consumo y el tóxico vienen al lugar de apartarnos de pensamientos, sensaciones o situaciones penosas, entonces solo con quitar del medio el tóxico no resolvemos esas situaciones que se han querido evitar.

Por esto, es muy importante sostener la abstinencia, pero más importante es aún el trabajo personal.

Mitos acerca de las recaídas.

Siguiendo el libro Querer no es poder y el testimonio de ex pacientes, presentamos aquí una serie de creencias falsas que se tienen en relación a las recaídas y  que contribuyen a que sucedan.

  • La recaída es señal del fracaso de la recuperación: tener una recaída no implica que todo lo que se ha hecho no ha servido de nada y que se está irremediablemente condenado a recaer una y otra vez. Esto es falso y en muchas ocasiones funciona sólo como una autorización a desatar el consumo indiscriminado. Para utilizar una metáfora sencilla, si se está aprendiendo a montar en bicicleta, tener una caída no implica que nunca se podrá aprender y montar con habilidad.
  • La recaída es un indicio de una falta de motivación: la tendencia a reincidir es muy común. No podemos olvidar que una adicción es algo difícil de tratar y desarmar. El consumo es algo construido durante mucho tiempo y no puede desmontarse de un día para el otro sin dar pasos atrás en ocasiones.
  • La recaída es impredecible e inevitable, ataca sin previo aviso: las recaídas avisan. Se anuncian en pequeños signos que el paciente puede identificar si es lo suficientemente sincero consigo mismo. Son pequeñas señales que sabe que lo están acercando a un nuevo consumo. Entonces, las recaídas no son impredecibles, se pueden ver venir y de ese modo evitarlas.
  • La recaída solo implica el uso de la droga habitual: esto es falso también. Dejar un tóxico que se utilizaba de manera adictiva y reemplazarlo por otro es recaer del mismo modo.
  • Una recaída cancela todo el progreso realizado: tener una recaída, como hemos dicho, no cancela todo lo hecho hasta el momento. Si se ha estado durante dos años sin recaer, eso no se olvida, como tampoco se olvida que se ha podido identificar el uso y la función del tóxico. Una vez comenzado un tratamiento, ya nada puede ser igual. Estamos advertidos y no podemos alegar desconocimiento frente a las causas y consecuencias del consumo.
  • Si una recaída no es el fin de la recuperación, entonces está bien tener alguna: esta es otra falsa idea para justificar el deseo de volver a consumir. Una recaída es algo muy serio, no es solo un pequeño contratiempo. Una recaída puede ser un momento delicado en donde las cosas se ponen a prueba y del que se puede salir adelante, pero también puede ser todo lo contrario, una recaída puede ser parte de un reinicio del consumo en todo regla.

Reducir la vulnerabilidad a las recaídas.

Varios son los factores que aumentan las posibilidades de una recaída. Aquí puntuamos algunos ejemplos:

  • Ciertos estados físicos: agotamientos, hambre, dolor o enfermedad.
  • Acontecimientos o momentos angustiosos: presiones laborales, problemas de relación, problemas de pareja, crisis económicas.
  • Estados de ánimo: cólera, vergüenza, culpa, ansiedad, depresión, euforia.
  • Personas, lugares y cosas: situaciones en donde el acceso a la droga es sencillo.

Estas son algunas claves para poder fortalecerse frente a una situación de riesgo.

  • No se esconda: afrontar los problemas y resistir la tentación de escapar de ellos.
  • Ponga sus problemas en perspectiva: intentar pensar en las verdaderas consecuencia de un problema puede ayudar a quitarle importancia.
  • Hable al respecto de sus problemas: compartir las inquietudes con las personas de confianza  es una gran herramienta para redefinir las dificultades.
  • Hágase responsable: los problemas pueden ser causados por otras personas, pero si nos afectan directamente, no podremos obviarlos y algo tendremos que hacer. Culpar a los otros no soluciona nada.

Estas claves apuntan todas en una misma dirección, la de la responsabilidad del sujeto frente a sus dificultades.

La soledad (Taller de escritura)

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De pequeños nos educan socialmente para que percibamos la soledad como algo negativo. La soledad no es más que un estado, donde lo físico y lo emocional está interrelacionado; es decir, que del estado físico surge el estado emocional y que del estado emocional puede surgir lo físico, aunque este último caso requiere de más factores para que lo emocional se plasme en lo físico. Por ejemplo:

a)     Una persona que está sola, emocionalmente puede sentirse así o ser más propensa a sentirse de este modo.

b)     Una persona que emocionalmente se siente sola, puede con su actitud determinar el contexto: encerrarse más en su mundo emocional y no permitirse disfrutar de lo social.

En nuestra sociedad, la palabra “soledad” sólo tiene una connotación negativa. Es la palabra innombrable, la que hace temblar a los padres cuando la “sufre” su hijo. Pero nos enfocamos en el hecho de la soledad y no en lo que podemos hacer con ese estado. Sabemos lo que significa la palabra “empatía” pero hoy en día no se practica. No somos capaces de ponernos en nuestro lugar, ni entendernos, ni mucho menos observarnos para luego actuar.

 La soledad es la pionera de las grandes ideas, es el antídoto del loco antes de convertirse en genio, es  el lugar donde la maldad se reflexiona, el ápice crítico entre una multitud cegada por el sistema. La soledad sin fin, desde el punto de vista introspectivo y no tan plural, significa el comienzo hacia el auto-conocimiento personal, que es lo que al fin y al cabo nos interesa.

Y aquí quería llegar: al punto en el que una doncella besó a una rana para que ésta se convirtiese en príncipe para siempre. ¿Qué quiero decir con esto? Que depende de cómo nos tomemos la soledad podemos, gracias a ella,  llegar a crear y mantener por siempre lo que hemos creado.

 Así pues, distinguiré dos maneras de tomarnos este estado:

 SENTIR LA SOLEDAD/ CONECTAR CON LA SOLEDAD

–         Cuando siento la soledad, estoy triste

–         Cuando conecto con la soledad, creo en ella

–         Cuando siento la soledad, siento ausencias

–         Cuando conecto con la soledad, me basta mi propia esencia

–         Cuando siento la soledad, estoy perdido

–         Cuando conecto con la soledad, empiezo a encontrar mi ser

–         Cuando siento la soledad, voy a consumir

–         Cuando conecto con la soledad, soy capaz de sostener la abstinencia

Taller de Prevención de recaídas. La personalidad adictiva. Primera parte.

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Es cierto que determinados rasgos de personalidad aumentan las probabilidades de volverse adicto a algo. Por ejemplo, si un individuo es tímido y vergonzoso de forma angustiosa, y una droga en particular lo hace sentirse más distendido y sociable, es muy probable que quiera usarla una y otra vez, con lo que se pondrá en marcha el proceso adictivo.

Es fácil pensar que el rasgo de personalidad en sí es lo que causa la adicción, pero en realidad el problema es mucho más profundo que eso. El malestar interior que nos hace tan vulnerables a la adicción puede estar originado en nuestro sistema de creencias. Este sistema de creencias que tenemos sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el mundo en general, determinan en gran medida nuestra conducta.

Lamentablemente, los tipos de creencias que hacen a la persona vulnerable a la adicción están muy difundidos hoy en día. Por ejemplo, si muchas personas en una sociedad creen que la imagen es más importante que ser autentico, entonces la persona que no se ajusta a esa imagen de moda sentirá que no está a la altura de las circunstancias. Esta creencia angustiosa se puede convertir en un trampolín a la adicción.

Otras creencias adictivas generan una mentalidad proclive al arreglo rápido: una obsesión por el poder, el control y la gratificación inmediata. Esta mentalidad induce a optar siempre por el arreglo fácil, rápido y a corto plazo para cualquier problema, aun cuando no sea una buena solución, sino una forma de escape o que genere incluso más problemas en el futuro.

 El sistema de creencias adictivo.

 Las creencias no suelen ser del todo conscientes, es decir, no se las dice uno mismo y en voz alta, sino que pueden verse si se mira con atención, en ciertos detalles de nuestra manera de hacer las cosas.

Yo debería ser perfecto, y la perfección es posible.

En nuestra sociedad y en nosotros,  se encuentra arraigada la creencia de que se puede ser perfecto, o al menos estar muy cerca de serlo. Si de verdad creemos en una idea como esta, inevitablemente fallaremos, ya que no es posible cumplir con un mandato semejante.

Esta búsqueda de perfección: el trabajo perfecto, la imagen perfecta, el cuerpo perfecto, etcétera, fomenta un gasto de energía completamente vano y configura una situación en donde la frustración está en primer plano.

Nos vemos de este modo, impulsados a perseguir la ilusión que producen los ejercicios físicos incontrolados, las compras compulsivas, la adicción al trabajo, el consumo de cocaína.

Perseguimos la ilusión aunque solo dure lo que dura la euforia de la cocaína, o del estreno de una nueva prenda de ropa o el elogio del jefe.

 Yo debería ser todopoderoso.

Las personas vulnerables a las adicciones tienen también cierta idea de poder algo engañosa. Creen, íntimamente, que pueden controlarlo todo, a sí mismos y a los demás.

Esta ansia de control precipita a las personas al consumo, ya que la mayoría de las nuevas drogas generan una sensación muy marcada de control y poder.

De alguna manera, el consumo funciona en este caso para poder sostener esa ilusión de control, y de algún modo, cancelar la ansiedad o angustia que produce la sensación de pérdida de control sobre las cosas. Teniendo en cuenta que los adictos, efectivamente, han perdido el control de gran parte de su vida, la necesidad de consumo se multiplica de modo exponencial.

Esta es la paradoja de las drogas que tienen esta función, fomentan una ilusión de control cada vez mayor, mientras por el otro lado, lo que realmente producen es una caída de las posibilidades de una persona de influir sobre el destino de su vida.

 Yo siempre debería conseguir lo que quiero.

Como los niños, los adictos aborrecen los límites.

Se pierden de vista completamente las consecuencias que puede traer el consumo, se deja de pensar en el futuro y solo se ve el placer que se puede obtener aquí y ahora.

Una práctica como esta, debe estar basada en la falsa creencia de que no hay límite al goce de los objetos o las sustancias.

De forma paradójica, es nuestro rechazo a los límites lo que nos empuja a una vida de búsqueda permanente de gratificaciones. No hay descanso, siempre se necesita tener un poco más, conseguir más, ser más.

En un mundo sin límites, nunca puede haber “bastante”. La creencia en lo ilimitado promueve la adicción.

 La vida debería estar libre de dolor y no requerir ningún esfuerzo.

Esta creencia se encuentra en el núcleo del modo de pensar adictivo. Sin se insiste en evitar todo dolor emocional, en sentirse bien todo el tiempo, tendremos que buscar modos de evitar la realidad, de escapar de nuestro estado de ánimo.

 Tiene cierta ironía el consumo, ya que a través de intentar resistirse a sentir dolor es cuanto más se sufre. Porque ¿no es acaso la adicción un modo de resistirse a sentir dolor y que sin embargo genera mucho más sufrimiento del que podrían haber causado los dolores originales?

Negarse a afrontar el dolor tiene como consecuencia una pérdida de libertad. Cada vez que surgen sentimientos penosos, buscamos automáticamente evitarlos, tomando un trago, comprando cosas, etcétera.

 Yo no soy bastante.

Probablemente, ninguna otra creencia es más dolorosa y eficaz que esta para promover una adicción. Conduce a un absoluto rechazo de sí mismo y a una dura conclusión, no valgo nada y por lo tanto, no merezco ser querido.

Esto no se lo dice el adicto de manera explícita, sin embargo se deja leer en diferentes dichos y conductas. Por ejemplo, no sirvo para nada, soy malo, egoísta, tonto, etc.

Estas creencias producen una profunda inseguridad que lo llevan a intentar, por cualquier medio, compensar esa falta. Es frecuente encontrar casos de inhibición social por inseguridad, que cuando se combinan con consumo de alcohol genera una exagerada socialización, produciendo finalmente el rechazo.

 Estos son algunos de los sistemas de creencias que están en la base la personalidad adictiva. En la segunda parte de este taller, veremos de qué se trata la personalidad adictiva en sí.


[1] Taller basado en el capitulo 5 del libro Querer no es poder, de Washton y Boundy. Ed. Paidós. Madrid 2011.