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El brujo postergado (Cuento terapéutico)

By 21 julio, 2012enero 28th, 2019Blog, Talleres

En Santiago había un deán que tenía un gran deseo de saber el arte de la brujería. Oyó decir que don Ilián de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.

El día que llegó a Toledo se dirigió a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una habitación muy apartada. Éste lo recibió con bondad y le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de almorzar. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que le alegraba mucho su llegada. Después de almorzar, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don lllán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado por él cuando le enseñase sus conocimientos. El deán le prometió que nunca olvidaría aquella merced y que estaría siempre a sus órdenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no podían aprenderse sino en un lugar apartado, y tomándolo por la mano le llevó a una pieza contigua en cuyo piso había una gran argolla de hierro. Antes le dijo a una sirvienta que trajese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que se lo mandara. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca.

Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron  dos hombres, con una carta para el deán escrita por el obispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que si quería encontrarle vivo no tardase en ir a verle. Al deán le contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro, por tener que interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto, con otras cartas para el deán, en las que se leía que el obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que le elegirían a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que le eligieran en su ausencia.

A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos y le llamaron obispo. Cuando don Illán vio estas cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Y luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago. Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses el obispo recibió mensajeros del Papa, que le ofrecía el arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán tuvo que aceptar.

Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años, el arzobispo recibió mensajeros del Papa, que le ofrecía el capelo de cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El cardenal le hizo saber que había reservado el arzobispado para otro tío, pero que había determinado favorecerle y que partiesen juntos para Roma. Don Illán tuvo que aceptar. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones. A los cuatro años, murió el Papa y el cardenal fue elegido para el papado por todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el cardenalato para su hijo. El Papa le amenazó entonces con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. Don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán dijo con una voz sin temblor:

-Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué.

La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa volvió a hallarse en la celda subterránea, solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y le acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y le despidió con gran cortesía.

DON JUAN MANUEL: Libro de los Enxiemplos  (1575), versión de Jorge Luis Borges en La Historia Universal de la Infamia.