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Me introdujo al consumo de cocaína mi pareja. Al principio, empezamos a tomarla unas pocas veces al año con un grupo de sus amigos. Todos los del grupo eran consumidores y la coca era uno de los vínculos más fuertes del grupo. Dos de ellos la consumían diariamente y el resto del grupo alguna vez por semana, invitados por aquellos que eran más adictos. Nosotros sólo nos reuníamos con ellos muy de vez en cuando, en fiestas señaladas.

Y casi sin darnos cuenta acabamos también comprándola para tomarla por nuestra cuenta dos veces por semana, por la noche, cuando nuestro hijo dormía, en mucha menor cantidad y para practicar sexo. Tomar coca pedía también beber alcohol en bastante cantidad y sin conciencia de exceso porque la coca impedía que los efectos del alcohol se notasen.

Al cabo de unos años de mantener este ritmo, mi pareja seguía siendo capaz de mantener la frecuencia y la cantidad, pero yo cada vez necesitaba más. Ya no tomaba coca para practicar sexo sino que practicaba sexo para poder tomar coca. Y además, cada vez me costaba más levantarme y sentirme despierta y con energía para hacer bien mi trabajo al día siguiente.

Entonces empecé a tomar coca por mi cuenta y a comprar sin que mi pareja se enterase, primero para reponer lo que había tomado de modo que mi pareja no se diera cuenta, y después porque poco a poco iba incrementando el consumo.

Al miedo por el ritmo que iban tomando las cosas se unía la vergüenza y la culpa por mentir a mi pareja y por el gasto económico que aquel descontrol implicaba. Quería confesárselo pero no me atrevía. Quería parar pero ya era incapaz de volver atrás.

Como todos los adictos, que acaban por tener conductas irresponsables, cometí un descuido, pero también es posible que inconscientemente provocase lo que ocurrió. Mi pareja, que alguna vez había sospechado lo que estaba pasando pero lo había descartado porque no podía aceptar que pudiese ocurrir algo así, me encontró una bolsita de cocaína en uno de los bolsillos de mi chaqueta.

Lo pasé mal, pero bien mirado, puedo decir que fue un alivio. Por fin pude contarlo todo. Por fin pude liberarme de la culpa. Por fin pude perdonarme y ser perdonada. Por fin pude ingresar en un centro de desintoxicación como CITA.

Hace dos meses de esto. Estoy a mitad de tratamiento. Y lo ocurrido, aparte de permitirme comprender muchas cosas sobre mi misma, nos ha fortalecido como pareja, sobre todo porque la reacción de mi compañero fue de comprensión y de amor. Ahora queda volver a la normalidad, cuando éramos un pareja que no necesitaba tomar nada para ser felices.

Lo he aprendido en CITA: Si no eres feliz con lo que tienes, tampoco serás feliz con lo que no tienes.