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Hoy en Clínicas CITA os traemos un texto sobre la responsabilidad. La responsabilidad no siempre es una tarea sencilla. A veces es exigente y, a veces, puede parecer desagradecida. La responsabilidad sabe que es necesaria, por eso puede permitirse ciertos desplantes. Somos nosotros quienes tenemos que ir detrás de ella.

“La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto”

-George Bernard Shaw

La vida es una elección permanente.

Más que el resultado de nuestro pasado, podemos ser la consecuencia de nuestras decisiones en el presente, instante a instante.

Nuestra vida se crea a través de las respuestas que le damos al conjunto de circunstancias que nos toca vivir. Tanto si lo hacemos conscientemente como si lo hacemos inconscientemente, la vida es una elección permanente. Pero, a mayor nivel de conciencia, mayor habilidad en la respuesta y, consecuentemente, mayor calidad en la respuesta, el proceso y el resultado final. La consciencia para elegir, la habilidad en dar las respuestas que la vida nos solicita en cada momento, es la responsabilidad-habilidad. Esa destreza para responder determina en buena manera no sólo el desenlace de lo cotidiano sino el devenir, nuestro futuro, nuestro destino.

La responsabilidad nos ofrece además un gran don: el de no resignarnos, el de no caer en el victimismo y pensar que no podemos hacer nada. El ejercicio de la responsabilidad como hábito implica pensar y sentir, momento a momento, cuál es la respuesta que nos está requiriendo la vida, especialmente cuando las situaciones son complejas, van mal dadas o las crisis se presentan. Quizás no hay actitud más necesaria para construir una buena vida que la responsabilidad. ¡qué podemos hacer entonces para cambiar nuestro mundo, aquí y ahora, y hacerlo más habitable, más bello, más solidario, más ecológico, más próspero en todos los sentidos? Ser responsable, simplemente.

La responsabilidad es acción y transformación.

La responsabilidad tiene un enorme poder de transformación de la existencia, ya que gracias a ella podemos cuestionarnos en qué medida hemos sido, consciente o inconscientemente, generadores de una disfunción, de una dificultad, de una crisis o de un problema. Si carecemos de responsabilidad y nuestra vida no funciona, siempre tenderemos a señalar a otros como responsables de aquello malo o negativo que nos sucede. La pregunta es cuestionarnos si algo no va bien. ¿En qué medida estoy contribuyendo a ello? (Ya sea de manera activa o pasiva)

Sólo cambiando yo, puedo cambiar mi realidad. Aunque nada cambie, si yo cambio, todo puede cambiar. Si algún factor común resulta evidente entre todas aquellas personas que consiguen, con paciencia y perseverancia, cambiar sus circunstancias vitales hacia donde ellos deseen, es que saben ser responsables de sus acciones, especialmente ante la adversidad. Si ésta se presenta en sus relaciones humanas o en su trabajo, se cuestionan en qué medida han sido responsables de la situación, identificando las circunstancias que la han generado y actúan en consecuencia para resolverlas. En general, se muestran poco proclives a culpabilizar a los demás. En cambio, asumen su contribución al problema, error o revés que se presenta en sus vidas. Además, la persona responsable no vive el error como un fracaso. Todo lo contrario, para ellos es una oportunidad de cambio y mejora, así como una fuente de aprendizaje.

La buena vida se construye en dos polos: por un lado está el trabajo para encarnar el anhelo, el esfuerzo que persigue un ideal, un propósito; y por otro, y muy especialmente, el hacerlo desde lo cotidiano, de aquello a lo que normalmente no damos importancia pero es esencial. Ser responsables implica cuidar de nuestro entorno en el día a día aplicando el sentido común.

“Lo  que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida.Tenemos que aprender por nosotros mismos y, después enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino que la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como seres a quienes la vida les inquiere continua e incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una actuación correctas. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo” (Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido)