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Un hombre hecho a sí mismo y con mucho éxito, se perdió en un inhóspito desierto. Y, pese a que aquel hombre estaba muy “pagado de sí mismo”, al caer la fría noche del desierto, sintió miedo.

Y, ya que no le estaba viendo nadie (su reputación estaba en juego), probó a pedirle a Dios que le ayudara. Rezó: “Dios, ya sé que nunca te rezo porque no creo en ti, pero, por si acaso existes, ¡¡¡te pido que me ayudes!!!”

Y del cielo cayó una corbata.

Sin entender la causa de que una corbata cayera del cielo, aquel hombre continuó caminando, absolutamente perdido.

Al salir el sol, un calor tremendo y abrasador hizo mella en su auto-confianza y de nuevo sintió un gran temor, de modo que se paró y dirigiéndose a Dios, le dijo: “Sé que quizás no lo merezca, puede que nunca haya sido un hombre de fe, que incluso a menudo te haya insultado, pero ahora temo por mi vida. Así que, si existes, si de verdad existes, ¡¡¡Ayúdame!!!”

Y de nuevo cayó del cielo una corbata.

Visiblemente molesto y desconcertado (Dos corbatas en pleno desierto), aquel hombre prosiguió su camino. El sol quemaba su piel y la falta de agua amenaza con hacerle delirar. Semidesnudo y extenuado, se postró de rodillas, esta vez con humildad, y exclamó: “Dios, perdóname por no haber creído en ti, pero ahora necesito urgentemente tu ayuda. ¡¡¡No quiero morir!!!”

Y de nuevo cayó una corbata.

Aquel hombre estaba enfurecido con un Dios que no sólo no le ayudaba sino que encima se reía de él. Entre murmullos y blasfemias, el hombre usó su penúltimo aliento para trepar por una duna. Al llegar a lo alto vio algo maravilloso: un oasis de lujo, con piscina, discoteca, restaurantes…

Sacando fuerzas de la flaqueza y de la desesperación, se arrastró hasta aquel oasis. Al llegar a la puerta, un portero impecablemente uniformado le preguntó: “¿Qué desea el señor?” A lo que él contestó: “Agua”. “Lo siento señor –replicó el portero-, pero para entrar a nuestras instalaciones es imprescindible el uso de corbata”