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Mi nombre es Javier González de León y mi profesión es feliciólogo. Mi madre me decía: ‘Hijo, esta profesión no existe’ Y yo le respondía: ‘Claro que sí, mamá, existe porque la he inventado yo’ Esto me interesa decirlo porque la feliciología no es un concepto que busque contenidos sino que es a través del contenido que ha aparecido el nombre.

¿Se le puede dar amor al miedo?

Y el contenido de esta profesión es ser lo más feliz posible dentro de las circunstancias que nos correspondan. La feliciología intenta descubrir en cada uno qué le hace feliz (…) Y para conseguirlo, intento luchar menos y bailar más. Decía un maestro: ‘Usted decide: la vida es una batalla y entonces hay guerra con todo lo que se mueva, o es un baile y entonces la única premisa es que la vida es una gran discoteca donde Dios es el DJ? Todo esto suena como muy bonito quizás, o como muy loco.

No sé cómo puede sonar. La gente me dice que es complicado, o que es muy fácil de entender pero difícil de aplicar, o que cuesta mucho. Desde luego, es el camino más difícil, si no fuese así estaríamos todos en la feliciología.

Por las circunstancias que fueran, yo fui un hijo abandonado y estuve en un orfanato un tiempito. Mis padres adoptivos me fueron a buscar a Galicia y me criaron en Madrid. Tenía u padre bastante estricto: ‘Lo normal sería…’, ‘tengo que…’, ‘tienes que…’. Y una mamá bien protectora. Crecí como un chico bastante reprimido. Y me diagnosticaron trastorno del déficit de atención con hiperactividad. Era una caja de bombas. Sólo me faltaba encontrar la mecha y la encontré. Quise ser actor y probé varias cosas, porque lo que siempre he querido ha sido vivir, siempre he tenido ganas de vivir. Lo que no encontraba era la manera.

Siempre intentaba adaptarme a no sé qué modelo. Durante bastantes años fui heroinómano. Y cuando ya les había saltado los plomos de la paciencia a todos los de mi alrededor, incluso a mi perrito, decidí que había que salir de allí. Me vi con 53 kilos (Ahora estoy en 63 y estoy delgadito) y llevaba un bastón para poder caminar.

Y ahí empezó un proceso de recuperarme en el sentido literal de la palabra (de volver al cuerpo). Y volver al cuerpo era volver al cuerpo, no era volver a las ideas que me habían transmitido y todas esas cosas. Pero era muy difícil. Pensaba: ¿Qué hay que hacer? ¿Deporte? Pues deporte. ¿Escribir? Pues escribir. ¿Cuidar plantas? Pues cuidar plantas. ¿Qué hay que hacer? Y este proceso ha durado. Y de hecho aún sigue porque yo siento que siempre habrá un yonqui dentro de mí.

Lo único que había que hacer era cambiar el enfoque. Y no tanto el enfoque a la sustancia, a la droga, que al final no me necesita a mí para nada, sino el enfoque de mi vida. Y entonces fue el momento de decir: yo no puedo seguir así, no sé que voy a hacer, no sé que puedo hacer, pero yo de esta voy a salir. Y a día de hoy aún sigo intentando engancharme a lo que me apasiona.

Y creo que éste es el secreto de feliciología. Y el secreto de la valentía también. Creemos que ser valientes es no tener miedo, ser un temerario. Para mí, ser valiente es tener miedo a todo (yo tengo mucho miedo) y vencerlo, y atravesarlo. Y ahí, cagadito de miedo fui atravesando cristal tras cristal. Y sigo atravesándolos.

Y en ese camino encontré a un gran maestro y profesor, Juanjo Zendera. Un personaje muy peculiar que también ha salido de problemas con los tóxicos, que empezó a enseñarme cómo reclamar mi propia identidad aunque me sintiera raro y aunque fuese difícil.

Y a otro gran amigo, el Dr. José María Fàbregas (Director de Clínicas CITA) (…) Ya no huía de las drogas, ya no buscaba ningún resultado a conseguir, ya no me guiaba por el miedo ni por el excesivo deseo ni por la angustia excesiva.

Seguí haciendo cursos de kundalini yoga y la gente se sorprendía de verme tan feliz. ¿Qué truco tiene?, se preguntaban. Lo único que hago es cuidarme muy mucho de vivir desde mis valores y poco desde las creencias (…) Cuando vamos por el bosque, hay un camino ya hecho.

Así funcionan también los neurotransmisores en la cabeza con los hábitos mentales y los hábitos emocionales. Es como un sendero ya caminado por mucha gente. Y entonces hay repetición. Cuando quiero descubrir algo, me salgo de este sendero y me meto entre el bosque. Y este es el trabajo: andar hasta que en el camino ya trabajado empiece a salir el verde y mi camino conocido empiece a ser el nuevo.

Si yo tengo detectados estos valores, como la alegría, la libertad, la autenticidad, la honestidad, la flexibilidad… no faltar a ellos jamás. Y éste es el secreto, que no es tal, de la felicidad y la feliciología. Sin pretensiones de enseñar nada a nadie, sólo transmitir lo que a mí me sirve.

Y lo que últimamente me sorprende es la salpicadura que esto está provocando en otra gente (…) Los resultados son apabullantes.

En India dicen ‘Mangalem’: deja que las cosas sean, que la vida te explique. Por eso el camino de la feliciología es el difícil. Si no, todo dios estaría en el camino de la feliciología (…) No se trata de esquivar las cosas que no te gustan, sino de bailarlas. Y el reto máximo sería: ¿Puedo darle amor al miedo, y escucharle, y decirle ‘gracias, miedo, por protegerme pero ahora no es preciso’?

About the Author: Dr. Josep Mª Fàbregas

Especialista en adicciones y director psiquiatra del centro de adicciones y salud mental Clínicas CITA. Inicié mi carrera profesional en el Hospital Marmottande París, donde trabajé con el Profesor Claude Olievenstein. Posteriormente me trasladé a Nueva York y, tras varios años de experiencia profesional, en 1981 fundé CITA (Centro de Investigación y Tratamiento de las Adicciones) con el objetivo de desarrollar un modelo de comunidad terapéutica profesional, el cual lleva 32 años en funcionamiento.