La fuerza de voluntad es los bíceps del ego

Es muy habitual la utilización en los centros de desintoxicación de Clínicas CITA la utilización de textos literarios como herramienta de trabajo terapéutico en las sesiones de grupo. En esta ocasión, el autor del cuento es un colaborador de Clínicas CITA: Juanjo Zendera.

La fuerza de voluntad es los bíceps del ego

Un cuento terapéutico para los pacientes de Clínicas CITA

Pepita: Un Cuento sobre Autenticidad en un Mundo Obsesionado con las Apariencias

En un rincón olvidado de la huerta, entre montones de tierra húmeda y raíces entrelazadas, nació Pepita: una semilla de remolacha. Como sus hermanas, estaba destinada a crecer entre surcos, a absorber nutrientes y a convertirse, con el tiempo, en una raíz robusta y dulce. Pero había algo que la distinguía: su tonalidad. Mientras las demás desplegaban matices profundos, casi sangrientos, ella brillaba con una palidez inusual, un color marfil que la hacía parecer una fantasma entre las sombras púrpuras. Aquella peculiaridad, sin embargo, no fue motivo de orgullo para Pepita, sino una grieta en su identidad.

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    Por entonces, el mundo vegetal sucumbía a los dictámenes de Marco Tenden, un gurú de la moda cuya empresa, “Marco Tenden CIA”, proclamaba que el limón amarillo era el epítome de la elegancia. Sus campañas, inundadas de eslóganes vibrantes y promesas de aceptación, convencieron a legiones de zanahorias, tomates y lechugas de que solo lo ácido y lo cítrico merecían admiración. Pepita, hipnotizada por aquel mantra, decidió que su destino no estaba bajo la tierra, sino en los pedestales dorados de los limoneros. ¿Cómo? Renegando de su esencia.

    Cada amanecer, mientras sus hermanas se hundían con orgullo en la oscuridad fértil, Pepita se sometía a un ritual de transformación brutal. Se comprimía hasta adoptar formas esféricas, se bañaba en zumo de limón hasta que su piel ardía y memorizaba cada ángulo de las frutas que admiraba. Las habas murmuraban: “Miren a Pepita, ¡es una revolucionaria!”, las espinacas susurraban: “Nunca hemos visto tanta determinación”. Hasta los rábanos, cínicos por naturaleza, guardaban silencio ante su disciplina. Pepita no solo quería ser distinta: anhelaba ser digna.

    fuerza de voluntad

    Pero la tragedia acechaba. Porque los limones, aunque deslumbrantes, tienen un destino escrito en su pulpa ácida: ser exprimidos, consumidos, reducidos a cáscaras vacías. Y así llegó el día en que el chef Severo Vega Nodelto, célebre por sus ensaladas impecables, buscaba el aderezo perfecto. Sus ojos se posaron en Pepita, ahora redonda, amarillenta y perfumada a citrus. “¡Qué ejemplar más exquisito!”, pensó, mientras la sostuvo con delicadeza. Pero al presionarla, en lugar del néctar dorado que esperaba, brotó un líquido rojizo, denso, un híbrido entre la savia agria y el jugo de remolacha fermentada. El asco fue instantáneo. “¡Basura!”, exclamó, arrojándola al cubo de los desechos.

    Allí yació Pepita, entre mondas de patata y hojas marchitas. Su sacrificio no la había convertido en un limón, sino en una caricatura: ni raíz ni fruta, solo un experimento fallido. Lo irónico es que, en su obsesión por ser algo más, había perdido incluso lo que ya era. Las mismas voces que la aplaudieron ahora callaban, avergonzadas por haber alimentado su delirio.

    ¿Qué nos enseña esta historia? Que la fuerza de voluntad, cuando se usa para negar nuestra naturaleza, se convierte en un veneno. Pepita creyó que tallarse a imagen de lo deseable la haría libre, pero solo la encadenó a un ideal ajeno. Su error no fue la ambición, sino la incapacidad de ver que su valor residía precisamente en aquello que intentó borrar: su rareza.

    Vivimos en una era donde las redes sociales, las tendencias efímeras y los estándares inalcanzables nos bombardean con un mensaje tóxico: “Tú no eres suficiente”. Como Pepita, millones se desviven por encajar en moldes que no les pertenecen: dietas extremas, cirugías invasivas, personalidades ficticias. Se nos vende la idea de que la autenticidad es sinónimo de pereza, y la reinvención, de éxito. Pero ¿a qué costo? Al final, como la semilla, terminamos vacíos, despojados de lo único que nos hace únicos.

    La verdadera valentía no está en perseguir lo que brilla, sino en abrazar las sombras que nos definen. Imaginen un mundo donde las remolachas celebraran su tonalidad púrpura, donde los limones no temieran ser ácidos, donde las semillas crecieran sin compararse. Un mundo donde ser no fuera un verbo pasivo, sino un acto revolucionario.

    Pepita pudo haber sido un símbolo de diversidad, un recordatorio de que incluso en la uniformidad de la huerta hay espacio para lo distinto. En vez de eso, eligió el camino fácil: la imitación. Y aunque su final fue trágico, su legado perdura como una advertencia. Porque cada vez que negamos nuestra esencia para encajar, cada vez que mutilamos nuestra identidad en nombre de la aceptación, nos convertimos en cómplices de un sistema que premia la falsedad y castiga la originalidad.

    El universo —llámenlo Dios, energía o casualidad— nos diseña con una precisión milimétrica. Nuestras “imperfecciones” son en realidad firmas, marcas de un artista que no repite sus obras. ¿Quiénes somos nosotros para corregir esa firma? La próxima vez que sientan la tentación de ser otro, recuerden a Pepita: su lucha, su fracaso, su cubo de basura. Y pregúntense: ¿vale la pena morir por un aplauso ajeno, o es mejor vivir siendo la obra maestra que ya somos?

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